«Por si acaso», además de la filosofía de los prudentes, es el nombre de una caseta efímera de plástico, un refugio ante la amenaza de lluvia de la festividad de un santo con incontinencia. Lo montaron Alexandro Aurelio Alfonso Basilio -todo uno, lo juro- Yanire Porto y sus colaboradores Daniel 'Apolo', Asier Ogueta, Karla Villegas y Bea Ramos, con edades entre 26 y 17 años. Sólo tenía duradero los palos de una tienda de campaña y bridas, muchas bridas para sujetar tanta bolsa de basura reciclada. Alexandro no renuncia a la romería ni aunque jarree. «Es que lo mejor es este ambiente con velitas, la tortilla de casa, las cartas, el 'reggeton' del vecino y la tertulia de la cuadrilla», argumenta.
Armentia y San Prudencio seducen a miles y miles de personas, aunque el frío arrecie como ayer. El día fue gris, pero la lluvia no apareció como en la víspera y permitió incluso tumbarse en las verdes campas que tanto encanto dan al lugar. El joven matrimonio compuesto por María Gómez, vestida de neska, e Íñigo Puente aprovechó el plástico del cochecito de sus dos bebés, Julen y Mikel, para evitar la humedad del suelo, pero era su manera particular de vivir la fiesta. «Estamos en pie desde las ocho de la mañana. Mientras no llueva éste es un lugar formidable», dice María.
También hay quien vuelve, como las rosquillas, a vivir estas fechas cargadas de simbolismo. J.A. Ansotegui, 'Pecos', es de Lanciego y vive en Tudela con la vitoriana Elena Sedano, pero cuando llega San Prudencio se ajusta el traje de blusa, viste a sus hijas, Pantxika y Natxa, de neskas y se presenta en Armentia a sumergirse en la tradición. «No nos perdemos una fiesta y las vivimos a tope», señala el riojano alavés mientras compra una gran hogaza de pan artesano.
El gran zoco
¿Tradición? En lo esencial, el sentimiento religioso, la misa y el paseo a pie de los tres kilómetros que se llama romería, se mantienen, pero ahí se acaba todo. Armentia se muestra ya como una gran aldea global, que repite los nuevos usos de una ciudad del siglo XXI. Es lo que alguien llamaría una tradición contaminada y la culpa, además de la media docena de emisoras y televisiones locales con sus jaimas, la tiene fundamentalmente el mercado, el gran zoco, el megacentro comercial en el que se convierte cada 27 de abril. Un dato. La Junta Administrativa de Armentia -que es el pequeño ayuntamiento de la aldea- se frotaba las manos «porque hemos batido un récord». Nunca se habían llegado a los 170 puestos ambulantes, que formaban un circuito comercial impresionante en el que no faltaban las rosquillas, el talo, los panes artesanales, quesos y jamones de media España, pastelería típicas, calcetines, pashmines, garrapiñadas... También había puestos reivindicativos del euskera, la oficina móvil de la Caja Vital o el vino dulce de Aragón. Lo dicho, el gran mercado del mundo. Y en una oferta que crece, un reconocimiento a Íñigo Aurrekoetexea, de Loiu, que estuvo 12 horas -desde las 8 de la noche de las víspera- asando una ternera de 408 kilos. O a la veterana vallisoletana Engracia Burón, vendedora de rosquillas de entre 2 y 5 euros. Tiene 73 años y más de 50 viniendo a Armentia. «Es la mejor. Por limpieza y por orden. Un poco cara, pero buena», asegura la rosquillera. Amén.