La estampa parecía, a primera vista, la misma que en años anteriores: idéntico escenario, la plaza de la Provincia; mismo día, 27 de abril; misma hora, medianoche. Pero algo se echaba en falta en las escalinatas del Palacio de la Diputación. El cañón que anuncia año tras año el inicio de la Tamborrada, y que varias veces ha vuelto de cabeza al diputado general, Ramón Rabanera -encargado de hacer prender la mecha-, no daba señales de vida. «Parece que este año no hay cañón», se comentaba con cierta incredulidad en los corrillos, sin que nadie supiera explicar muy bien por qué. Desvelado el misterio -«problemas técnicos» del mortero que los organizadores de la Tamborrada no pudieron solucionar a tiempo-, la fiesta tomó su propio cariz para sumergir a Vitoria en el tradicional estruendo que rompe cada noche del 27 de abril.
Ni siquiera el contumaz sirimiri -San Prudencio volvió a dar muestras de la incontinencia que le ha valido el apodo de 'santo meón'- consiguió aguar la fiesta de barriles, tambores y turistas. Que Vitoria también los recibe en estas fechas de éxodo vacacional para muchos alaveses. Recién aterrizado de su Málaga natal, Alfonso Boloix había tomado posición en medio de la plaza, algo menos concurrida que en anteriores ediciones, para no perder detalle de un espectáculo tan antagónico a 'su' feria. «Esto es espectacular, no me imaginaba algo así», confesaba minutos después de que el desfile de las sociedades gastronómicas irrumpiera en escena.
Encabezado por los estandartes de las majorettes, el batallón de más de trescientos cocineros, soldados y artilleros arrancó puntual a interpretar el repertorio de serenatas alavesas. Las salvas de escopeta marcaban las transiciones, al tiempo que provocaban el sobresalto ensordecedor de más de un despistado. Y, entretanto, las gargantas de muchos, que no dudaban en salirse del guión en cuanto podían, cantaban a Praga. «¿Baskonia, Baskonia!», era su grito de guerra entre canción y canción.
A San Miguel y al centro
Al filo de la una de la madrugada, la comitiva tomó rumbo hacia la iglesia de San Miguel para continuar animando con su música las principales calles del centro de la ciudad. Cientos de paraguas formaban un frágil techo a su paso. La lluvia, inclemente, no dejó de acompañarles en ningún momento. Pero eso, ayer, era lo de menos.
Fue la Tamborrada más participativa de su historia gracias a la incorporación de la sociedad Gasteiz Gain -que regresó al tradicional desfile después de seis años de ausencia- y no había motivo aparente que pudiera deslucir la fiesta. Y es que, como decía Gotxon García, «los de las sociedades lo vivimos de una manera especial y hay que sacar fuerzas de donde no las hay».