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Domingo, 30 de abril de 2006
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ÁLAVA
El silencio del Sáhara
Dos vitorianos sobrevuelan en globo la parte marroquí del desierto más grande del mundo, un medio hostil y peligroso
El silencio del Sáhara
LAS DUNAS ROSADAS de Merzouga inmortalizadas desde un globo. / FOTO QUINTAS
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Hemos pasado miedo, la barquilla del globo ha chocado contra el frente de una duna, algunos aterrizajes han sido muy duros, se ha roto el 'todoterreno' en el que viajábamos, apenas hemos dormido y aún estamos reventados, pero es una experiencia diferente, de las que te transforman». Álvaro Ron todavía navega plácidamente con el pensamiento por las dunas rosadas de Merzouga, un infinito mar de arena movido por el viento, en el corazón del Sáhara marroquí. En diez días de abril, él y los hermanos David y Jose Quintas han recorrido 5.300 kilómetros para volar apenas seis horas. Pero como decía un amigo de Ron «el globo es así. Puedes navegar sesenta minutos y luego tener que esperar dos días a que te rescaten», se consuela el empresario y expedicionario vitoriano.

Evidentemente, no fueron las 'Cinco semanas en globo' de Julio Verne, el viaje ficticio por África que encumbró al fabuloso escritor francés, pero ha tenido la intensidad y la emoción de una gran aventura. Si a un lugar hostil como el desierto se va en un medio de transporte del siglo XIX, la sensación de viajar en el túnel del tiempo es real. «Es dar el salto de dos siglos y por lo tanto tiene mucho de travesía interior. Tú y la naturaleza, sin intermediarios, sin ruidos de motores, como navegar en un barco de vela en el mar. El desierto te golpea siempre por dentro, pero en ese silencio que envuelve el aerostato, puede ser brutal», explica David Quintas, fotógrafo, un enamorado de Marruecos, donde ya ha viajado en bicicleta, en moto, en todo terreno y, ahora, en dirigible. Quintas, que ya ha recorrido medio mundo con su cámara, se ha convertido en un gran fotógrafo de la naturaleza y los inmensos arenales del Sáhara eran un objetivo que perseguía hace tiempo.

Noche en una jaima

Los días 9 y 10 de abril transcurrieron de viaje desde Vitoria al desierto, por Almería y Nador, entre 'todoterreno' y ferry. Una paliza de miles de kilómetros para acabar durmiendo por la noche en el suelo de una jaima. Para volar en globo hay que madrugar. A las cuatro de la mañana empieza el zafarrancho. Todo debe estar preparado al amanecer para la primera singladura, antes de que aparezcan las temibles corrientes térmicas y te lleven adonde no quieres.

El Erg Chebbi es un lugar increíble. Una inmensidad de dunas rodeada del duro desierto de piedras donde se pierden las referencias, las distancias y la perspectiva. «Así que en un momento dado hasta chocamos contra el frente de una duna. Afortunadamente, salimos rebotados y no pasó nada. Sólo el susto», recuerda Ron. Naturalmente, es muy complicado moverse sobre los arenales. Los coches tienen que bordear ese mar de color rosado o naranja, según la hora solar. Eso que se ve en las imágenes del rally París-Dakar de vehículos atravesando dunas «es un poco montaje. Se anda, pero en áreas concretas. No por medio de los arenales, porque existe el riesgo de no salir», explica Álvaro. Entonces estaba más preocupado por un posible aterrizaje violento en medio de la nada que por la proximidad de los campos de minas. Se hallaban en la frontera con Argelia.

Un aterrizaje duro

En el Valle del Draa, cerca de la ciudad de Zagora, en medio de una tormenta de arena, se efectuó el tercer vuelo. Las manchas verdes de los oasis contrastan con los pedregales y las dunas que cambian de color a medida que el sol avanza. «Aquí el problema vino por otro lado. La expedición, en la que íbamos más de cien personas se ve reducida drásticamente por las típicas diarreas. Los 17 globos que comenzaron la expedición se reducen a siete.

Pero fue en el palmeral de Tagounite donde se efectuó el cuarto periplo con vientos de 35 kilómetros por hora, después de desistir de ir a M'Hamid . «Lo más comprometido en un viaje en globo es el aterrizaje. Sabes de donde partes, pero nunca donde vas a caer. Llegamos a pasar miedo. Las barquillas son de mimbre, un material que después de los golpes vuelve a su estado inicial, pero en esta ocasión se arrastró durante muchos metros», cuenta Ron.

Ciudades de barro

Aquel día durmieron en una jaima junto a una manada de más de mil dromedarios en el lago Iriki, un humedal completamente seco. Al día siguiente aprovecharon las magníficas condiciones de una superficie dura para conducir los coches. Alcanzaron los 120 kilómetros por hora. Hay que recordar que hubo jornadas de viaje en los que hacer 85 kilómetros les llegó a costar más de diez horas. La mayoría de las pistas son infernales.

El quinto de los vuelos duró aproximadamente una hora y se produjo sobre la kasbah de Ait Benhaddou. Se trata de una fortaleza medieval hecha por los bereberes con material de adobe y tapial encaramada a una colina. Aquí no existe la huella negra del asfalto ni del cemento. Ni siquiera del ladrillo. Es un mundo de arena y polvo y los edificios parecen una prolongación de la tierra. Existen miles en el sur de Marruecos, pero esta es una de las más espectaculares y la visión desde el globo vitoriano no puede ser más inédita.

En Ouarzazate los viajeros se dan cuenta de que el desierto no sólo atrae a los globos. Hay cientos de extranjeros que han venido a competir en el durísimo maratón de Les Sables. En otro momento del viaje, en Zagora, se han encontrado con Juan Carlos Nájera. El Sáhara sigue siendo el marco idóneo para los deportes más extremos, una modalidad que gana adeptos cada año.

Durante el viaje hacia Meknes, donde pretendían efectuar el sexto vuelo de la travesía, por encima de las fantásticas ruinas de la ciudad romana de Volubilis se rompe el remolque que transporta la barquilla del globo. Este contratiempo impide efectuar la última ascensión programada y el grupo decide volver.

Arena en las cámaras

La arena del desierto se ha incrustado en las cámaras analógicas de David Quintas. «En un viaje así es un riesgo traer material digital. En estos casos prefiero las viejas cámaras de siempre. Y tiro con diapositiva».

Con 14 metros de diámetro en su anchura máxima y 22 de altura, un globo se navega «sintiendo el aire. Cada vez que lo notas en la cara sabes que estas en una capa diferente de la atmósfera en la que te mueves a velocidades diferentes. Pero no hay tecnología moderna. Es el único transporte aéreo en el que se vuela como en el siglo XIX», asegura Álvaro Ron.



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