Hace un tiempo, alguien me llamó desde la capital del Estado para consultarme un dato sobre la calle en la que vivo, porque el nombre de Manuel Iradier no le sonaba de nada. Le contesté con la amabilidad que me caracteriza que don Manuel era un explorador intrépido, autor de la hazaña de convertir Guinea en un lugar civilizado (qué fracaso, si se me permite decirlo sin ofender a nadie y si no, también) y que merecía todos los respetos, más o menos. Supongo que anotó los datos, pero lo que estaba claro es que nuestro ilustre paisano seguía sin sonarle de nada.
Con sus luces y sus sombras, don Manuel es sobre todo un desconocido. Ahora que van a recopilarse cinco manuscritos iné ditos de Iradier sobre las rutas alavesas quizá sea momento de volver a mirar la biografía de este hombre y descifrar lo que fue y lo que hizo. Confieso que siento una especial fascinación por el personaje, porque no lo termino de entender: todavía no sé si fue un héroe, un soñador loco, un visionario incomprensible o un fenómeno de la naturaleza. Ni siquiera sé si estaba en sus cabales o si siguió la ruta de un sueño idílico o se perdió en líos comerciales de escaso rango romántico. Los expertos en su obra me resolverán las dudas.
Lo que queda claro es que don Manuel tuvo la osadía de salir de esta ciudad polvorienta para descubrir otro mundo lleno de mosquitos y gente rara. Sólo por eso ya me caería simpático: huir del muermo cotidiano de la ciudad de provincias ya es un alarde de valor que merece por lo menos un saludo cordial aunque sea muy postmortem.
No es de extrañar que los últimos años de don Manuel fueran tan difíciles en su ciudad natal: creo que terminó inventando rollos fotográficos. O algo así.
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