Cuenta la leyenda que el más renombrado de los filósofos alemanes, allá por tiempos remotos, era conocido por sus vecinos (que con toda seguridad no habían leído nunca nada suyo ni de lejos) por la precisión inalterable con la que se movía cada día. Salía de casa siempre a la misma hora y regresaba a casa sin un minuto de demora sobre el horario previsto, de tal manera que se convirtió en un reloj ambulante sin pretenderlo. Sus vecinos sabían sin duda alguna qué hora era sólo con asomarse a la ventana para ver al hombre sabio dar una vuelta antes de comer. Cuando el filósofo murió no sólo había muerto un genio, sino que había muerto un reloj.
Me acuerdo siempre de esta conmovedora historia de sincronías temporales me vienen a la memoria los casos que conozco de desórdenes del comportamiento relacionados con una peculiar noción del tiempo que pasa. Ustedes habrán conocido a gente que tiene por detalles de buen gusto llegar tarde por sistema a cualquier cita, importándoles un rábano el perjuicio que causan al que espera e incluso vanagloriándose de la comisión de tal sevicia imperdonable. Yo conocí a una pareja de memos de difícil reciclaje que si concertabas una cita para cenar a las diez de la noche comenzaban a acicalarse precisamente a las diez de la noche con el propósito escasamente noble de llegar al lugar de encuentro a las once y media. Lo consideraban una muestra de elegancia social hasta que se percataron de que no les llamaba para cenar ni Dios Padre, y eso que es un experto en esperas eternas. El caso referido está archivado en mi cerebro y en el de los que les soportábamos como un ejemplo de que no sólo los Expedientes X son obras inexplicables.
Luego están los que operaban en sentido contrario: si la cita era a las ocho estaban en el punto fijado a las ocho menos cuarto para quejarse después con cortés amargura de lo mucho que les habíamos hecho esperar.
Y qué me dicen de los puntuales sin tacha, todas esas gentes adorables capaces de darse diez vueltas a la manzana para ajustar su llegada triunfal a la hora prefijada. Les ves caminando sin rumbo, con miradas continuas al reloj, hasta que de pronto perciben que ya se ha producido la conjunción milagrosa de la aguja grande y la pequeña y por lo tanto ya pueden comparecer en el bar como ejemplos de ciudadanía responsable. La gente es rara, vaya si es rara.
Salvo casos especiales, lo de llegar a tiempo a una cita debería ser tarea sencilla y cómoda: usted calcula con tino la hora exacta de su encuentro, planifica lo que tiene que hacer, lo hace y luego camina o coge el coche con despreocupado ademán sin graves disturbios en su adrenalina. Sin embargo, la gente no actúa así y parece importarle un rábano lo enojoso que es esperar acodado en una barra, birra tras birra, hasta que su cita se digna comparecer aunque sea diez litros más tarde de lo previsto. Llámenlo falta de educación, desidia culpable o como quieran.
Confieso que ha llegado un momento en mi vida en el que esperar más de diez minutos sin causa justificada me convierte en un ogro de pésima educación capaz de hacer llover improperios sobre la cabeza del culpable como en un diluvio catastrófico. Lo que pasa es que soy un tipo de buen corazón al que los enfados se le pasan pronto. No todos, pero bastantes. Depende de la relación emocional que mantenga con la persona convocada o que me ha convocado a mí. En caso de duda no tengo inconveniente alguno en mandarle al diablo, dejar mi cuenta pagada y notificarle al camarero que comunique al tardón que me olvide para siempre. Nunca lo hacen, pero por plantearlo que no quede.