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Martes, 2 de mayo de 2006
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ÁLAVA
El buen tiempo abarrota el cerro de Estíbaliz
Un soleado primero de mayo hizo que el cerro de Estíbaliz y las estribaciones se colapsaran con una multitud de personas que se acercaron a homenajear a la patrona de Álava
El buen tiempo abarrota el cerro de Estíbaliz
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La cita era a las 8.30 de la fresca mañana de ayer -los térmómetros marcaban 4 grados- bajo las hojas de un retoño del árbol de Gernika en la rotonda de Esmaltaciones. ¿El objetivo? Hacer a pie los 11 kilómetros que separan Vitoria y el santuario de Estíbaliz, siguiendo la ruta verde del antiguo ferrocarril Vasco-Navarro. ¿Los romeros? Pocos. El teniente de diputado general Juan Antonio Zárate, su compañero en Agricultura, Eloy López de Foronda, los directores de Cultura, Pedro Gonzalo Bilbao, y Economía, David Gasull, el juntero popular Miguel Gómez de Arteche y el concejal Fernando Aránguiz. Ellos y sus escoltas. Desde el inicio, los dos últimos marcan un ritmo trepidante entre bosques y cultivos, pero al final se llega en el horario estipulado. Poco más de dos horas.

Caminar hasta el santuario era la mejor idea un día como el de ayer. A las 12.30, el párking se colapsó y cientos de personas ocuparon las carreteras y pueblos de las inmediaciones. Otras muchas se volvieron a casa ante la imposibilidad de dejar el coche a una distancia cómoda. El padre superior de los benedictinos, Víctor Mujika, reivindicó la recuperación del viejo sendero, corto y seguro, que pasa por Arkaia, Ascarza, carretera de Cerio y subida por el bosque de Estíbaliz. «Ahora está impracticable por la maleza», explica el monje.

1.200 raciones

Mujika cree conocer la razón por la que el cerro es una romería tranquila y apacible, que se parece poco a otras. «¿Has visto que apenas hay megafonía estridente? Aquí se puede hablar, la gente se oye. Hemos quitado todo aquello que rompa la paz del lugar. Hace mil años que se reza aquí», señala.

Que se lo digan a Manuel Blanca, Herminio Gil y Francisco López, tres de los muchos que hicieron el camino a pie desde Vitoria. Llevan el santuario en el corazón. «Nos gusta venir cualquier domingo».

Ramón Landaluce, de 65 años, recuerda cuando se levantaba a las siete de la mañana y venía a pie con su padre. «Lo he hecho toda la vida con algunos amigos, pero la mayoría ya no están», indica con nostalgia. Los tiempos cambian y, por ejemplo, ha venido el congoleño Mafolo Pongo, de 29 años. Es pintor, ha expuesto en París y participa en el concurso de pintura.

Cuando hay muchedumbres como la de ayer todo se queda pequeño. El párking, pero también la hermosa iglesia románica, o la cola para comer un pintxo de tortilla y tomar un vaso de vino. 1.200 raciones distribuyeron los esforzados cocineros de la federación de sociedades gastronómicas, Boilur, que se merecen más de un ho-menaje por su esfuerzo generoso.

A pesar del bullicio y de la aglomeración, Estíbaliz destila esa paz de los lugares benditos. Quien no quiera el aroma del talo con chorizo o el pastel vasco, siempre puede cobijarse a la sombra de un quejigo y esperar el atardecer. Dicen que desde el cerro se ven ochenta pueblos.



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