El que diga lo contrario, miente, si se me permite lo rotundo del exabrupto: tantos días de asueto pagado, de fiesta reiterada, de gasto incesante, de carretera inhóspita, de alteraciones vertiginosas del sistema nervioso, de acarreo de maletas y de otros males añadidos, por fin todo ha vuelto a la normalidad o casi. Y, permítanme decirlo sin ánimo provocador, a la gente se le ve más relajada que antes, pero no por los efectos sedantes de la playa sino por todo lo contrario. Hogar, dulce hogar, diríamos.
Siempre he puesto en duda, y no sólo yo, la eficacia terapéutica de las vacaciones tal como se conciben convencionalmente. Interrumpen el orden natural de las cosas, resultan fatigosas y a veces extenuantes y en muchos casos crean más problemas de los que intentan resolver. Por no hablar de la sangría que suponen para el bolsillo en la época triunfal de la tarjeta de crédito.
Que nadie me entienda mal: no hay nada como unas buenas vacaciones para regresar a casa como nuevo después de haber cambiado de aires. Lo que pasa es que nos dejamos llevar por un concepto de las vacaciones absurdo por completo, ideado para saturar la adrenalina en vez de para cambiarla de rumbo, que es lo que realmente necesitaría nuestro precario organismo.
Les aseguro que veo las playas abarrotadas, las carreteras impracticables, las gentes en los aeropuertos buscando sus maletas, los gentíos poniéndose hasta las cartolas de pescaítos fritos en la terraza del bar y todo lo demás y prefiero elegir otra época y otros criterios para abandonar el fuerte. No es tan difícil si se planifica bien. Lo que ocurre es que al personal le va la marcha, la de pasárselas moradas rodeados de otras gentes que a su vez confunden la felicidad con la turba abigarrada que huele a crema bronceadora y a aceites de protección terminante. Cada uno es cada cual,por supuesto.