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Jueves, 4 de mayo de 2006
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CON REMITE
Problemas tontos
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Para un ciudadano normal, resolver los asuntos urbanísticos cotidianos no sería difícil o, por lo menos, no sería imposible. Miraría con lupa los planos, sacaría conclusiones, las comentaría con sus aliados y sus oponentes, al fin y al cabo miembros de la misma comunidad, y emprendaría las obras pertinentes con gran sabiduría y sentido común.

Pero los políticos son seres de otro mundo, se basan en intereses, conceptos y horizontes (o falta de ellos) de índole casi providencial y por eso tienden a marear al ciudadano hasta convertirle en un pelele enojado que no sabe qué le dicen, que precariamente averigua quién se lo dice y que observa al final perplejo que esa obra pública de gran envergadura se ha puesto en pie sin que nadie sepa nada, o sepa muy poco y mal, de lo que se trata. Ahí estamos y, me temo,ahí estaremos hasta el catastrófico final de los siglos que no hemos de ver.

Los rifirrafes propios de este tipo de asuntos pertenecen al género de la comedia de enredo o de las de capa y espada: el asunto más sencillo, el que podría resolverse con buen criterio y sin mayores demoras, se va convirtiendo en un lío inextricable que nadie sabe cómo va a terminar. En lo que al juego político se refiere, el asunto adquiere dimensiones inalcanzables para una mente común. En las obras de reparación de la Virgen Blanca y aledaños pasa algo de eso. Nadie entiende muy bien por qué tanta complicación si todo parece tan simple. Les permito llamarme ingenuo. A veces es un halago. c.p.uralde@diario-elcorreo.com



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