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Viernes, 5 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
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«Querían morir para escapar y sólo les mantenía en pie el recuerdo de su madre»
El misionero Chema Caballero trabaja en Sierra Leona en la reinserción de los niños soldado El Fondo 0,7% de la UPV apoya su proyecto
«Querían morir para escapar y sólo les mantenía en pie el recuerdo de su madre»
CRÍOS. Johnny y Luther Htoo, guerrilleros birmanos. / AP
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EL COOPERANTE
El sacerdote José María Caballero fue, entre 1999 y 2002, responsable del Centro de Acogida y Rehabilitación de Niños Soldados Saint Michael, en los alrededores de Freetown, la capital de Sierra Leona. Actualmente, prosigue su trabajo de reinserción en el país.

Es abogado y Máster en Derechos Humanos, y coautor junto a Gervasio Sánchez del libro 'Yo no quería hacerlo', crónica del drama de los niños soldado.

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«Al principio, les teníamos muy ocupados para que no pensaran». Eran aún niños, apenas adolescentes, pero ya conocían la guerra, la muerte, el horror. «Contaban que habían asesinado, violado, que conocían el sabor de la sangre». Durante el conflicto que sacudió Sierra Leona, miles de pequeños fueron raptados de sus aldeas y convertidos en soldados a la fuerza. Tras el alto el fuego de 2002 y la siguiente desmovilización, el misionero español Chema Caballero inició un proyecto para reinsertarlos en la sociedad. Al principio, contaban con un hotel para alojarlos y buenos propósitos, pero poco más. «Aprendimos sobre la marcha», admite.

Hoy, aquel proyecto se ha exportado a otros lugares sacudidos por fenómenos similares, aunque él prosigue su labor en el interior del estado africano, considerado el más pobre del mundo. El Fondo 0,7% de la Universidad del País Vasco ha otorgado una ayuda a la Fundación El Compromiso, entidad con la que colabora, y Caballero ha acudido a Bilbao para asistir al acto de entrega y pronunciar una conferencia.

El sacerdote habla de la clave para reincorporar a esos chicos. «Transmitirles valores contrarios a los que les habían inculcado, hacerles ver que el mejor no es el más perverso, sino el más respetuoso con los demás». Entonces, los muchachos describen la otra cara de aquel tiempo de luchas, la más amarga. «Se refieren al miedo padecido, al hambre, a los malos tratos sufridos, y confiesan que querían morir para escapar de aquel infierno y que sólo les mantenía en pie el recuerdo de su madre». Siete mil pequeños lograron quedarse al margen de la disciplina militar, pero se calcula que más de veinte mil empuñaron las armas y, seguramente, el resto ha crecido en el seno de las tropas mercenarias que sacuden la frágil estabilidad de los países ribereños del Golfo de Guinea.

Tarde o temprano, la gran mayoría de los niños se desahoga. Las muchachas, en cambio, callan. «Quizás admitan que han empuñado un arma, pero las esclavas sexuales no reconocen que han sido usadas y abusadas. Eso queda ahí dentro y ante los problemas, optan por huir», señala. «Es muy difícil recuperarlas. El porcentaje de varones supera el 85%, y con ellas no se alcanza el 5% de éxito».

Tratamiento de fútbol

Muchachas ya madres se convierten en esposas de segunda de un hombre polígamo, perdidas en un estatus social ambiguo, mientras que otras se dedican a la venta ambulante con escarceos regulares con la prostitución. «En una noche pueden ganar cien dólares, lo mismo que en cuatro o cinco meses en el mercado». Los miles de militares de pacificación y la numerosa presencia de ONG garantizan una demanda estable. «Es un fenómeno estrechamente vinculado a las operaciones de Naciones Unidas».

Actualmente, Caballero centra su labor en la región selvática, allí donde los guerrilleros mantenían sus santuarios. Trabaja con los desplazados, pero también con aquéllos que colaboran con los sanguinarios rebeldes, y busca la reconciliación. El fútbol se ha convertido en un eficaz instrumento ante los retos más complejos. «Hemos organizado una competición con equipos mixtos para animarlos a que se comuniquen».

Al final, los que han podido superar la prueba vuelven a sus hogares, pero antes es preciso ganar la aprobación y colaboración de los familiares, los vecinos, las autoridades tribales y las religiosas, siempre reacios al regreso de quienes han cometido todo tipo de barbaridades con los suyos. «Han de comprender que son víctimas como ellos, no verdugos».



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