Cuando se llega a cierta edad, el mayor enemigo de la buena salud cotidiana no tiene por qué ser el cáncer o los desórdenes intestinales o la senectud inaplazable, aunque también: el enemigo está en casa y puede manifestarse del modo más absurdo. Uno de los mayores enemigos de la estabilidad física puede estar en su vivienda, a unos metros de la sala de estar o del dormitorio. En el baño. Si se hiciera una estadística de cuántos percances lamentables han ocurrido en ese sitio indispensable nos asombraríamos del poco caso que hacemos a los peligros más cercanos.
Por eso casi mil jubilados alaveses han decidido renovar sus baños en los últimos cuatro años: gracias a la Fundación Mejora, que ha pagado el 42% de las reformas requeridas, nuestros mayores pueden sentirse más seguros y no temer a una caída inoportuna ni a un trance de conseuencias mayores. De esa manera todos estaremos más tranquilos y ellos los primeros.
Tengamos en cuenta que a cirtas edades un mero resbalón en el baño puede costarle a un anciano un desastre físico de difícil arreglo.Y que poner remedio a estos desastres no es tan difícil si las cosas se hacen bien. Hay que preocuparse de esas personas que, por edad, por dolencias crónicas o por el problema que sea no pueden hacer frente a un accidente doméstico. La llamada calidad de vida también se refiere a estas cuestiones, o sobre todo tendría que referirse a estas cuestiones. Por eso el consejo de doña Felipa Lopo, recogido en estas páginas suena a la más sensata de las filosofías de uso cotidiano: renueve su baño y ganará en comodidad y, sobre todo, en salud. Somos seres precarios, falibles, frágiles y por supuesto altamente vulnerables. Si podemos conjurar de alguna manera esas carencias naturales viviremos más tiempo y, por supuesto, mucho mejor.
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