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Lunes, 8 de mayo de 2006
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ÁLAVA
Vitoria, por sevillanas
Cientos de personas abarrotan la carpa instalada en el párking del centro andaluz para despedir la feria de la primavera
Vitoria, por sevillanas
EL REAL. Andaluces y vitorianos no han dejado de bailar este fin de semana. / JON RODRÍGUEZ
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La Feria, con mayúsculas, es para todo andaluz que se precie una mezcla de sus mejores aficiones: el cante, el baile, las tapas y el 'rebujito', que viene a ser como el kalimotxo de aquí pero con sello flamenco. A saber, fino mezclado con gaseosa americana. Entra «como el agua» y, por mucho que digan en Sanlúcar que es la mejor fórmula que se ha inventado para estropear la manzanilla, lo cierto es que el combinado en cuestión hace furor en ferias y romerías de Andalucía entera. Y en Vitoria, también. Al menos, durante el fin de semana, cuando se ha arrancado por sevillanas para reproducir de la mano del centro andaluz Séneca la insuperable Feria de Abril.

Es lo que los andaluces afincados en la capital alavesa han dado en llamar feria de la primavera, una cita ineludible en su calendario que les sirve para mitigar, en lo posible, la morriña de la tierra. Y es que, aunque no tiene el empaque del Real sevillano, en ella se canta, se baila, se come y se bebe «hasta reventá».

De ello dieron ayer buena muestra los cientos de personas que se congregaron en los alrededores del Séneca para despedirse de los faralaes que les han acompañado durante tres intensos días de jarana al cobijo de una gran carpa de seiscientos metros cuadrados instalada junto al nuevo aparcamiento. «La feria está abierta a todo el mundo y, de hecho, son muchos los vitorianos que se acercan hasta aquí. Es una forma de devolverles lo que en cierta medida nos han dado y la respuesta es muy positiva», asegura el presidente del centro andaluz, José Antonio Rivera.

Lo devuelven con creces año tras año. Y ya van siete. No en vano, el despliegue en el recinto ferial de Lakua ha sido, una vez más, espectacular. De bruces, dando la bienvenida al personal, un extenso y concurrido pasillo flanqueado por tómbolas, barracas y puestos de tiro al blanco, era la primera prueba evidente de que la fiesta estaba en su máximo esplendor. Las ensordecedoras exclamaciones de los feriantes y las machaconas canciones de barraca daban más pistas. Pero la juerga, en realidad, se arrancaba por sevillanas, rumbas y soleás dentro de la gran carpa.

En blanco y verde

Decenas de farolillos verdiblancos ponían la nota de color a un espacio diáfano reservado «a lo más grande que hay en este mundo: el fino y las sevillanas», en palabras de Manolo Sánchez, un jienense que, pese a llevar «más de media vida» en Vitoria, no ha conseguido siquiera disimular su marcado acento del Sur. «El acento, como el amor a tu tierra, se lleva en la sangre y la mía será siempre andaluza», aseguraba el hombre. A su lado, Antonia Vega, vestida de gitana, lo daba todo sobre el asfalto. La primera, la segunda, la tercera, la cuarta y, vuelta a empezar. «De bailar sevillanas nunca se cansa una», confesaba.

Y mientras unos apuraban los últimos compases de esta feria, en el centro asturiano, los paisanos de Fernando Alonso no perdían detalle de la carrera. La tierra tira. Sea cual sea.



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