Cuando hice la primera comunión no había leído por razones obvias el poema de Rimbaud, pero cuando lo leí después me llamó la atención lo poco que cambian las cosas en tanto tiempo. A un chaval se le instruye en unos cuantos gestos litúrgicos, se le convence de que va a ser el rey de la fiesta por un día, se le colma de regalos, se deja besar por tías y otros familiares inidentificables, asiste absorto y estúpido a lo que pasa vestido de marinero en tierra, come en un restaurante agasajado por un gentío mareante, se enorgullece de sus zapatos de charol, toca el silbato que le han colgado al cuello y se siente como el amo de un cotarro de cuyas dimensiones no sabe nada. Y sigue vestido de marinero en tierra hasta que cuelga el uniforme.
Así era al menos antes. Hoy los regalos, por ejemplo, son distintos a los de nuestra época: sigue el reloj inolvidable (yo todavía lo conservo aunque no sé donde), los juguetes absurdos, las fotos que con el tiempo uno termina odiando, el disfraz de almirante que nunca gobernará un barco ni falta que le hace y la sensación al día siguiente de que nada real ha sucedido, de que todo ha sido una comedia amable y de que uno sigue tan listo o tan gilipollas como cuando se sentó ante el altar para recibir eso que se llamaba la sagrada forma.
Era una ceremonia iniciática a la que uno no podía negarse si no quería ser condenado al ostracismo familiar y social sin tener la menor idea de lo que significaba ostracismo y sólamente tenía vagas nociones concretas de lo que era familiar. Todos o casi todos hemos pasado por ello, y el que no lo haya hecho que levante el dedo.
Ahora más que antes la ceremonia de la primera comunión es un dispendio disparatado que cuesta una pasta gansa a los papás y que preludia la pasta aún más gansa que se va a invertir años después en la boda del niño o de la niña sin que en la sentencia de divorcio previsible se incluya la devolución del dinero.
Somos así, así nos han hecho y nuestra voluntad de cambiar de costumbres es nula. Lo único positivo es lo bien que suelen pasarlo los comulgantes y a veces los novios, porque no saben a ciencia cierta de qué ha ido la cosa ni tienen ganas de averiguarlo por si acaso se les derrumba el alma a los pies. Quienes hemos pasado por ambos trámites los recordamos envueltos en una neblina dulce, pero con la sensación inexplicable de que todo eso les ha ocurrido a otros que no éramos nosotros.
Indumentaria
No sé dónde estará mi traje de marinero en tierra, ni un silbato insoportable con el que di la tabarra en la comida, ni mis adorados zapatos de charol que nunca dejaron de brillar mientras duraron. Tampoco sé qué fue de mi traje de boda, aunque conservo el anillo nupcial en su estuche original y la corbata de ministro del ramo, de qué ramo no importa. La vida es una sucesión de ceremonias, nupciales o no, y sin ellas no sabríamos ubicarnos en el tiempo. Lo que pasa es que cuando uno se ve en una foto vestido de marinero sin barco o de Fred Astaire sin talento bailarín partiendo una tarta se da cuenta de lo deprisa que ha pasado el tiempo y de lo inútil que resulta intentar recuperarlo tal como era.
Lo que echo de menos de mi primera comunión es mi reloj ya inútil y mis zapatos de charol. Y el no poder vestir de marinero absurdo al salir a la calle. Tanto traje, tanto silbato, tanto guante blanco y tanto misal de nácar para no silbar, no usar guantes salvo en invierno y no necesitar el misal para nada. Loado sea Rimbaud, uno de mis poetas indispensables.