El Correo Digital
Sábado, 13 de mayo de 2006
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CON REMITE
El viejo problema
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Si hay un tema delicado que no puede ni debe tratarse a la ligera es el de la prostitución, esa lacra social que enriquece a unos cuantos sinvergüenzas y permite paradójicamente vivir a quienes no tienen otro medio de ganarse un salario digno. Es un tema que siempre he procurado tratar con pinzas, alejándome de los mojigatos que esconden sus obsesiones detrás de la falsa moral y de los libertinos de manual que disfrazan de actitudes liberales lo que no es sino deliberada confusión personal.

El otro día leían ustedes en estas páginas unas declaraciones e Toñi Genaro, trabajadora social, que reivindicaba el derecho de las prostitutas a obtener incluso una baja laboral. A alguno de nuestros defensores de la comunidad bienpensante eso les sonará a espasmo mental, y no debería ser así. Hay que centrarse en una cuestión: la prostitución es un trabajo remunerado, triste, sórdido y a mi juicio denigrante, pero es un trabajo. La mayor parte de los grandes profetas de la pureza virginal son unos considerables hipócritas y eso lo sabemos todos lo que lo sabemos. No voy a aburrirles a ustedes con historias conocidas y arrinconadas bajo la alfombra para que no salpiquen.

Lo que debería hacerse es considerar a las prostitutas como seres humanos dignos de derechos (parece mentira que haya que recordar algo tan elemental) y a quienes las utilizan para arrebatarles el fruto de su trabajo como canallas sin atenuantes. Luego queda sopesar lo que ocurre y preguntarse por qué llevamos toda una eternidad sin resolver el problema. Y sin querer resolverlo.



Vocento