La primera sesión de la vista oral finalizó con la declaración del hermano del acusado, el joven que, dos semanas antes del asesinato, decidió darle una nueva oportunidad para tratar de que abandonara para siempre su adicción a los estupefacientes. Para ello, le alojó en la casa que compartía con la madre de ambos, en tanto «se limpiaba» para ingresar en Proyecto Hombre.
El testigo, que se había ido de vacaciones tres días antes de la muerte de Iraitz, relató que, al marcharse, pidió a su madre que «no dejara salir solo a Pablo ni le diera las llaves de casa» para evitar que «volviese a recaer en la droga». Por aquel entonces, estaba convencido de que tan sólo consumía hachís. «En los 15 o 20 días que estuvo en casa, pensaba que Pablo estaba normal, dentro de lo que cabe», explicó.
Sin embargo, su percepción no era correcta. La fiscal Cotelo se encargó ayer de informarle de que los tres análisis de orina que se le practicaron a Pablo entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 2004, dentro del seguimiento que le efectuaba Proyecto Hombre, revelaron que había consumido cocaína, hachís y benzodiacepinas.
El joven apuntó que Pablo «tenía muy buena relación con Iraitz». «Él se encargaba de llevarle al colegio y de darle la comida cuando se madre trabajaba», recordó. Por esa razón, dijo, «no le cabía en la cabeza» que hubiese matado al niño. «Estuve un tiempo sin ir a visitarle en la cárcel porque no me explicaba lo que había hecho. Acudí una temporada a un psicólogo y aún no he asimilado» lo ocurrido.
La vista continuará hoy con los testimonios del ertzaina que elaboró el atestado, de un psicólogo que examinó a Pablo y de dos forenses, uno de ellos psiquiatra.