Avisados por el ejemplo de Francia, algunos jóvenes empezaron a enviar correos electrónicos para organizar una protesta en 60 ciudades españolas. ¿El motivo? La vivienda, que no es broma, o que es una broma pesadísima, según se mire. La vivienda es el núcleo de una problemática relacionada con nuestro modelo económico (que, según el prestigioso economista Juan Velarde, está a punto de hacer 'crack'), con la inserción social, la igualdad de oportunidades y las oportunidades a secas. Problemas que afectan especialmente a los jóvenes. Y, sin embargo, la convocatoria materializada este domingo no ha tenido el éxito que la habría hecho equiparable a las protestas francesas. En Bilbao, 300 personas se reunieron en la plaza del Arriaga. ¿Es que tenemos una cultura del pasotismo y del no mojarse y del 'tú no te metas' y del esto a mí ni me va ni me viene que les ahorra muchos disgustos a nuestros políticos? España y Portugal, aparte de otras muchas cosas, comparten el dudoso honor de ser los dos países europeos que menos gastan por habitante en educación, sanidad, pensiones, escuelas de infancia, residencias de ancianos, asistencia domiciliaria, ayuda a las familias y asuntillos similares. Lo demuestra Vicenç Navarro en su libro 'El subdesarrollo social de España' (Anagrama, Barcelona, 2006). De los Pirineos para abajo, el principal mecanismo de protección social son las familias, que le ahorran una pasta al Estado: por ejemplo, todos esos padres que alojan y pagan 'subsidios' a sus hijos adultos porque para entrar en el mercado de trabajo hay que aceptar sueldos miserables que a veces no dan ni para un alquiler. El modelo de 'desarrollo' que corroe esta sociedad pasa por el patrón Benidorm, está emparentado con Terra Mítica, especula con el ladrillo y se sirve de la vivienda como cepo para conseguir mano de obra dócil y barata. Un Estado del bienestar débil perjudica a los débiles, a los que están en desventaja, como los jóvenes, que aún tienen que conseguirlo casi todo. Faltan toda clase de ayudas directas e indirectas que podrían permitir a los nuevos habitantes de esta parcela del mundo hacerse con una vivienda digna en medio de la selva inmobiliaria.
El último fin de semana, mientras las olas de cayucos arreciaban sobre el archipiélago canario, en España, una de las entradas a la Tierra Prometida por la que se juegan la vida los inmigrantes subsaharianos, los jóvenes nativos se manifestaban para pedir que la Constitución española no sea papel mojado allí donde dice que la vivienda es un derecho. Eran pocos y, sin embargo, el malestar es grande. ¿Qué consecuencias debemos sacar de este relativo fracaso? ¿Que no hay nada que hacer? No. Que hay que seguir insistiendo.