El Correo Digital
Martes, 16 de mayo de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
El hampa contra Brasil
Cuatro días después del inicio de las rebeliones en prisiones del Estado de Sao Paulo, en Brasil, un total de 45 cárceles y centros de detención provisional continúan desbordados por la violencia. Decenas de muertos, entre ellos al menos numerosos funcionarios policiales o penitenciarios, se cuentan ya desde que estallaron los graves desórdenes inducidos por los jefes del hampa brasileña en respuesta al traslado de sus líderes más conocidos -el llamado 'primer comando de la capital'- a cárceles de seguridad. No es exagerado decir que la situación del sistema carcelario brasileño es crítica. Y en las calles de Sao Paulo no es mucho mejor: autobuses y oficinas bancarias incendiados dan fe de la arrogancia que esta superestructura criminal se permite frente al Estado.

El 'primer comando' ha saltado a la actualidad en ocasiones anteriores, sobre todo cuando se ha pisado su terreno con programas de erradicación de la pobreza o recuperación de armas ilegales en manos privadas, pero no se esperaba una reacción tan brutal. El escenario es el Estado de Sao Paulo, el vigoroso territorio industrial del Brasil dinámico que, sin embargo, combina un creciente progreso material con una desestructuración social clamorosa. Que el hampa haya alcanzado tal implantación y disciplina se explica porque, en el mejor estilo de las tríadas asiáticas o la mafia italoamericana, estos grupos criminales proveen a sus miembros de una red de asistencia que cubre las carencias del propio Estado en las barriadas marginales. Se aseguran así una lealtad a prueba de cargas policiales.

La crisis ha rebasado ya la pura dimensión del orden público, como acredita la polémica que se ha suscitado entre diversos actores sociales y económicos en la gran metrópoli y, sobre todo, entre dirigentes federales y estatales. En primera instancia, las autoridades no tienen más remedio que restablecer el orden, acabar con los motines y cumplimentar el programa de dispersión de presos peligrosos. Pero a medio plazo también deberán ponderar, y el presidente Lula parece tenerlo claro, el conjunto de factores que han hecho posible una situación de tamaña emergencia social, impropia de un país cuyo peso en el mundo crece cada día y es, además, un espejo en el que se miran otras naciones latinoamericanas.



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