En lo que se puede considerar como una de las pocas noticias positivas en la arena internacional desde la invasión de Irak, el Gobierno de Estados Unidos anunció ayer su intención de sacar a Libia de la lista de países patrocinadores del terrorismo y restablecer completas las relaciones diplomáticas con Trípoli. Un triunfo de normalidad no visto desde hace más de treinta años de intensa hostilidad bilateral.
La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, presentó por escrito estas decisiones -que se materializarán en cuestión de 45 días- como «resultados tangibles que emanan de las históricas decisiones adoptadas por el liderazgo de Libia en 2003 renunciando al terrorismo y abandonando sus programas de armas de destrucción masiva». Rice también destacó la «excelente cooperación» ofrecida desde el 11-S por el Gobierno de Libia en la lucha contra el terrorismo.
La responsable diplomática estadounidense aprovechó para expresar su esperanza de lograr soluciones similares en los actuales pulsos que EE UU mantiene con Irán y Corea del Norte en materia de proliferación nuclear. Según Condoleezza Rice, «de igual manera que 2003 ha marcado un momento crucial para el pueblo de Libia, 2006 podría marcar un momento para los pueblos de Irán y Corea del Norte». Insistiendo en que la conducta del régimen del coronel Gadafi debería ser un «modelo importante» en estos momentos para Teherán y Pyongyang.
Desde su copernicano giro en diciembre de 2003, Libia terminó y divulgó sus iniciativas para adquirir cargas no convencionales y desarrollar misiles de largo alcance. Según Washington, los datos ofrecidos por el Gobierno de Trípoli han sido cruciales para determinar la extensión de los tentáculos internacionales de la red de proliferación nuclear organizada por el científico paquistaní A. Q. Khan.
A pesar de cuestiones pendientes en materia de derechos humanos y algunos flecos judiciales, la salida de Libia de la lista de patrocinadores del terrorismo servirá, según Rice, «para abrir la puerta a una relación bilateral más amplia con Estados Unidos que nos permita abordar mejor otras cuestiones de importancia». Desde que hace dos años, la Administración Bush levantase la prohibición de viajes, reabriera una pequeña sección de intereses dentro de la embajada belga en Trípoli y aliviase el régimen de sanciones económicas, se ha producido un continuado desfile de empresas petroleras estadounidenses en busca de oportunidades de negocio.
Desde 1979, Washington ha colocado a ocho países en su lista de gobiernos patrocinadores del terrorismo. Con las excepciones de Irak en 1982 -cuando se decidió apoyar a Bagdad en su brutal guerra con Teherán- y Yemen del Norte -que dejó de existir con su reunificación con Yemen del Sur en 1990- ningún país ha logrado salir nunca de esa relación elaborada anualmente por el Departamento de Estado y que acarrea todo tipo de sanciones.
Tensiones bilaterales
Las tensiones bilaterales entre Washington y Trípoli se remontan a 1972, tres años después de la llegada del coronel Muamar Gadafi al poder, cuando Estados Unidos retiró a su embajador en Libia por el respaldo que el régimen estaba ofreciendo al «terrorismo internacional y la subversión contra gobiernos moderados árabes y africanos». En 1979, tras el ataque de turbas contra su Embajada, se cerraron todas las instalaciones diplomáticas estadounidenses en ese país norteafricano. El mismo año en el que la Casa Blanca colocó a Libia en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Malas relaciones complicadas por los bombardeos punitivos ordenados por la Administración Reagan y la participación del régimen de Gadafi en atentados como el perpetrado contra el vuelo 103 de la compañía Pan Am.
Con este acercamiento se anticipa también el desembolso completo de los 2.100 millones de euros que Libia se ha comprometido a pagar por sus responsabilidades en el atentado contra el vuelo 103 de Pan Am, que en 1988 estalló sobre la localidad escocesa de Lockerbie cobrándose 270 víctimas mortales.