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Miércoles, 17 de mayo de 2006
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ÁLAVA
El acusado dio más de 50 golpes a su hijo, «40 mortales», dice la forense
La vista oral del caso terminó ayer al mediodía y el jurado popular comenzará hoy a deliberar su veredicto «Sabe perfectamente lo que quiere, lo que hace y por qué lo hace», asegura un especialista en psiquiatría
El acusado dio más de 50 golpes a su hijo, «40 mortales», dice la forense
EL ACUSADO. Pablo C.C., escoltado por dos ertzainas, junto a sus abogados defensores.
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La segunda jornada y última sesión del juicio contra Pablo C.C., -el joven que, según su propia confesión, asesinó a su hijo de 3 años el 4 de agosto de 2004 en un piso de Adurza- deparó testimonios especialmente reveladores de la «violencia» desplegada por el acusado para acabar con la vida del pequeño. La médico forense que examinó el cuerpo de Iraitz en el lugar del crimen y que después le practicó la autopsia aseguró ante el tribunal que el menor presentaba «más de cincuenta golpes, cuarenta de ellos mortales».

La propia facultativa detalló que Pablo atacó al niño con varias figuras decorativas y dirigió la mayoría de los golpes a la cabeza, el cuello y los hombros de la víctima. «Sólo en el cuero cabelludo tenía 26 impactos», aclaró. Al ser preguntada por el tiempo que pudo durar la agresión, respondió que «en torno a un minuto».

La descripción de las lesiones que presentaba el menor resultó aterradora. La forense afirmó, entre otras cosas, que Iraitz, cuyo cuerpo se encontraba en el salón de la vivienda, tendido boca arriba y cubierto por unas toallas, «tenía el cráneo prácticamente fracturado».

Sólo el acusado sabe por qué mató a su hijo. Nadie se lo preguntó en el juicio. Y es que el pacto a que llegaron el pasado lunes la defensa y las dos acusaciones -el Ministerio Fiscal y la asociación Clara Campoamor- redujo al mínimo el número de testigos y peritos citados a declarar, así como el interrogatorio a Pablo C.C., de 33 años.

Las tres partes acordaron imputarle un delito de asesinato con alevosía y ensañamiento, y la agravante de parentesco. No obstante, consideraron que habría que aplicarle la atenuante «muy cualificada de drogadicción», teniendo en cuenta que el día que acabó con su hijo se inyectó cocaína y que consume estupefacientes desde los 12 años. Por ello, le reclamaron una pena de 18 años de cárcel y prohibición de acercarse a la familia materna de la víctima durante los cinco años inmediatamente posteriores a su salida de prisión.

Tras enterarse de ese pacto, el procesado se conformó con esa condena y dio por bueno el relato de los hechos que se le atribuyen, en el que se indica de forma expresa que «era plenamente consciente de sus actos» cuando cometió su horrendo crimen.

«No nos lo creímos»

Lo consumó varias horas después de que la madre de Iraitz, que había roto con él con anterioridad, le dejara esa tarde al niño para que pasaran juntos el día del Chupinazo, la jornada inaugural de las fiestas de Vitoria. Después, Pablo se lanzó a la calle con su hijo, tras citarse con su 'camello' para comprar cocaína. Una vez adquirida la droga, se sacó fotos con el niño en el parque de la catedral nueva, le llevó a las barracas, le compró dulces y juguetes y, al llegar a casa, le dejó jugar con una Play Station y le dio de cenar una manzana caramelizada que había comprado en el recinto ferial.

Tras darle muerte entre las diez y las doce de la noche, se dedicó a componer la escenografía de la coartada que se inventó. «Decía que dos individuos que resultaron ser reales -Mikel y Joseba- entraron en la casa y les agredieron con cuchillos y que a él le habían atado de pies y manos. Pero no nos lo creímos porque comprobamos que las llaves del piso que, según él se habían llevado los asaltantes, estaban en la vivienda», explicó ayer el ertzaina que instruyó el atestado del caso.

Cuando los agentes entraron en la casa, no había en ella «ni un centímetro sin restos de sangre, incluso en sitios inusuales, como encima de los armarios», agregó. Sangre que, según revelarían después las pruebas de ADN, correspondían a Pablo y a su hijo.

El testigo apuntó que el propio acusado le reconoció que los cortes que presentaba se los había producido él mismo. Todos ellos eran superficiales, según la forense, a la que el imputado rectificó ayer cuando indicó que se había seccionado un tendón de la mano. «Tres, tres», corrigió.

Más tarde, un especialista en Psiquiatría Forense aseguró que Pablo no padece enfermedad mental alguna. «Sabe perfectamente lo que quiere, lo que hace y por qué lo hace», añadió. En su opinión, aquella noche «podía tener sus facultades afectadas, pero no anuladas» por la droga.

El juicio concluyó después de que las acusaciones y la defensa pidieran al jurado que aceptara su pacto. El tribunal popular comenzará hoy a deliberar su veredicto.



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