Sólo quien haya recorrido uno por uno los 439 núcleos rurales, pueblos o villas que integran Álava puede presumir de conocer de verdad el territorio histórico. Pocas provincias son tan dispersas como ésta y menos aún pueden alardear de mantener en pie 40 pueblos en los que viven menos de 10 vecinos, según los datos del padrón recopilados por este periódico. Son pequeños y muchos van camino de serlo aún más, como los trece que han perdido algo de su exigua población en los últimos cuatro años. Basta con que fallezca un vecino o que una familia se traslade a vivir a otro lugar para que se rompa su débil equilibrio.
Los municipios de Valdegovía, Ribera Alta y Kuartango son los que albergan la mitad de estos minipueblos a los que dan forma en muchas ocasiones dos o tres casas y, eso sí, una iglesia. El resto se halla desperdigado por los rincones más insospechados de Álava. Incluso hay cuatro enclaves o barrios -Iñurrita, Urízar, Larrínzar y Marinda- en los que sólo está empadronada una persona.
Pese a que puedan parecer islas de población en un territorio que supera ya los 300.000 habitantes, las familias que hacen que estos pueblos sigan vivos en absoluto se sienten unos héroes. Se han acostumbrado a que el panadero o el camión de la basura pasen dos o tres veces por semana por su pueblo y a que el pescadero y el frutero se den una vuelta cada siete días. Cuando necesitan ir al médico o de compras deben desplazarse en vehículo entre 4 y 9 kilómetros hasta una localidad mayor o a Vitoria.
«En coche estás a 20 minutos de todo», sentencia Andrés Zuazo Iturrate, alcalde pedáneo de Katadiano (Kuartango) y uno de sus cuatro vecinos. En este tipo de núcleos, se vive del campo y del ganado, y Zuazo no es una excepción. Cuida sus vacas y está a gusto. «Aquí la tranquilidad es un regalo», dice, receloso, no obstante, por el poco caso que las instituciones hacen a los pequeños cuando piden ayuda para obras. «Siempre dan prioridad a los grandes y nos quedamos ahí a la cola, llorando», subraya. Una queja que comparte María Teresa Corcuera, de Arreo.
Sin invasiones
Según recuerda Zuazo, Katadiano ha permanecido intacto en los últimos 40 años, con la salvedad de las tres residencias de veraneo. «No me gustaría que se produjeran invasiones como la de Gopegi», confiesa, consciente, no obstante, de que sin relevo generacional el pueblo está abocado a desaparecer.
Y es que muchos de los agricultores y ganaderos consultados están preocupados por un futuro en el que sus hijos y nietos hace mucho que han descartado cosechar u ordeñar, y hasta vivir en el pueblo. No quieren que les abrumen los vecinos de fin de semana, pero se resisten a desaparecer. Por eso, presidentes de juntas administrativas como José Guenechea, de Ziriano, un enclave de Arrazua-Ubarrundia con sólo seis habitantes, abogan por pequeños crecimientos «para no dejar morir del todo el pueblo».
Maribel Pérez de Arrilucea, una de las ocho vecinas de Arenaza, en Arraia-Amaeztu, va más allá. Pide a su Ayuntamiento que dé más facilidades a las familias arraigadas en la zona para construir o rehabilitar sus casas. A ella le costó 12 años lograr su propósito, pero no cambia el pueblo por nada. «Aquí he nacido y aquí me quiero morir. Se vive de maravilla», explica.
Los nuevos vecinos son los que han salvado a San Miguel, en Valdegovía, o Nafarrate de convertirse en pueblos fantasmas. Después de años de abandono, poco a poco van logrando restaurar los servicios básicos. Aunque no siempre se consigue todo. Muchos pueblecitos pertenecen a esas 'zonas de sombra' tecnológica. Es decir, reciben mal la señal de televisión o no pueden acceder a Internet, como le ocurre a Rubén Cerdán, de Nafarrate, un joven al que le gusta desplazarse a caballo, y que se ve obligado a usar radio-teléfono.
Son pequeños inconvenientes que pagan quienes viven rodeados de naturaleza y sin tráfico.