Generoso Salazar heredó del hermano de su abuelo, Simón Salazar 'Tacolo', el imponente caserío que hoy cruje a consecuencia de sus más de doscientos años, y que es el único que hoy por hoy atestigua que Marinda aún existe. Bueno, dan fe de ello la casona de piedra y madera a las faldas de la peña del mismo nombre y la ermita románica que domina este pequeño valle en las entrañas de Kuartango. Y es que, según cree Generoso, allá por el medievo Marinda «tuvo que ser importante», y más tarde llegó a tener hasta dos barrios. De sus casas ya no queda nada, ya que sus materiales se aprovecharon en otros caseríos y en los caminos.
«Al último vecino, a Lázaro, le bajé los muebles al tren cuando se fue a Bilbao y eso fue en 1958», relata este jubilado de 68 años. Aunque él es natural de Artzua y vive en Villamanca -con otros seis vecinos-, se mantiene empadronado en Marinda, porque ahí están sus tierras, las mismas que cultivó hasta su retiro hace tres años, y algunas vacas.
Sin luz eléctrica
Generoso sabe que es último habitante reconocido de Marinda -aunque sólo sea a ratos- y se encoge de hombros cuando se le pregunta por el futuro de un pueblo que no tiene ni luz eléctrica. «Y cuándo yo no esté, ¿qué?», dice, seguro de que ninguno de sus cuatro hijos va a seguir sus pasos y empadronarse allí, y con dudas incluso de si sus nietos vivirán algún día en la cercana Villamanca. «¿A qué van a venir si en invierno esto es tristísimo», afirma. Aunque a continuación añade que eso no evita que donde está se viva «muy bien».
Sobre todo ahora, admite. Generoso, que durante años se encargó del transporte de escolares a Izarra, dejaba el autobús y se ponía a labrar o a cuidar a las vacas. Nunca se fue de vacaciones. Ahora, los tractores modernos y las ordeñadoras automáticas «hacen enseguida el trabajo de veinte personas».
Sus reflexiones no le impiden pelear por la mejora de su entorno en las reuniones del concejo, en Santa Eulalia. «Como ellos son más, barren para casa. No nos hacen ni caso cuando les decimos que restauren el molino de Villamanca-Marinda. Y se va a hundir», advierte quejoso.
En sus ratos de ocio, ha reformado un txoko y una pequeña sala del caserío de sus antepasados. Ahora se dedica con ahínco a devolver a la vida tractores antiguos y a restaurar aperos de labranza.