El historiador donostiarra Juan Pablo Fusi Aizpurúa acaba de sacar a la calle su último libro. Se titula 'Identidades proscritas' (Editorial Seix Barral). Tiene una oveja negra en su blanca portada y trata, como dice el subtítulo, de «El no nacionalismo en las sociedades nacionalistas». Habla de los individuos cuya mirada de la realidad no es la nacional, pero que viven en sociedades marcadas por ese factor, las gobiernen o no organizaciones identificadas como nacionalistas. Habla de la gente que no es nacionalista en el País Vasco o en Quebec, de los judíos no sionistas en Israel, de los liberales y comunistas blancos y negros antirracistas ajenos al nacionalismo antiafrikáner del Congreso Nacional de Mandela, de la mayoría laborista en Escocia o de la olvidada y fundamental tradición angloirlandesa constitutiva también de Eire.
Fusi ha sido uno de los maestros de mi generación de historiadores vascos. Nos enseñó cinco reglas fundamentales en un trabajo de investigación: empirismo riguroso; aportación de novedades al conocimiento histórico; fuentes abundantes y solventes; estar insertado en un debate de presente; y estar bien escrito. Preocuparse por lo que han aportado a esas sociedades nacionalistas los individuos o la otra sociedad no nacionalista no es sólo una encomiable preocupación intelectual por un debate de rabiosa actualidad. Es también un tributo a la verdad histórica, construida a menudo con simplificaciones nacionalistas que obvian la diversidad de toda sociedad libre y desarrollada, y sintetizan bajo el término 'pueblo' (o similares) las únicas y exclusivas características de los que interpretan la realidad sólo o fundamentalmente desde la identidad nacional.
Aquí, en Euskadi, hemos hablado mucho de estos temas. Hemos tenido problemas de denominación que esconden incertidumbres de concepto tanto analíticas como políticas. Está claro que los nacionalistas vascos han constituido una comunidad social y política, y que en sus buenos tiempos anteriores se presentaban incluso como 'comunión'. Es una de las debilidades constitutivas de esa ideología: tomarse como la expresión del pueblo vasco cuando sólo eran y son parte -partido(s)- de esa sociedad, en competencia con otras miradas tan vascas como la suya. Pero ha sido tan potente su presencia última que no sabíamos muy bien qué somos la suma de los demás, los que no somos nacionalistas. Siempre estuvo clara la diferencia entre Gregorio Balparda e Indalecio Prieto, a pesar de sus coincidencias antinacionalistas vascas: la diferencia entre la derecha monárquica y la izquierda republicano-socialista vasca. Pero el rigor de la violencia terrorista nos llevó hace unos pocos años a confundirnos en una extraña comunión doliente, exclusivamente prepolítica, por mucho que algunos pretendieran conferirle otra forma, ambición y hasta nombre ('constitucionalistas'). Fusi define perfectamente y de partida qué ha sido y es esa parte no nacionalista de la sociedad vasca o de cualquier otra: la que posee otros valores e identidades diferentes de los que usa el nacionalismo. Pero, y esto es importante, esa vocación alternativa al discurso hegemónico en algunas sociedades puede formularse en tanto que otra lectura diferente, no nacionalista, de la realidad, o en tanto que una reacción frente al nacionalismo dominante; esto es, justificada por otro nacionalismo antagonista. Esa diferencia, escasamente apreciada, es la fundamental que ha separado a la izquierda y a la derecha no nacionalista en Euskadi.
Facundo Perezagua, fundador junto con el zapatero José Solano y otros del socialismo vasco en 1886, bestia negra del nacionalismo 'inventado' por Sabino Arana, con ocasión de un debate en el Ayuntamiento de Bilbao para sufragar la botadura de un barco para la guerra de Cuba, y habiendo negado su apoyo, fue espetado por un concejal carlista sobre su españolidad. Perezagua, toledano, despreocupado por lo nacional, contestó: «España es donde vivo». Posiblemente, por una base cultural española más potente que la vasca, por procedencia territorial en parte (sólo en parte) ajena al País Vasco, por reacción a una ideología dominante -el 'vascongadismo'- con la que efectivamente se les dominaba y excluía como clase, y porque la violenta confrontación social de entonces no estaba para diletancias y exquisiteces -nadie leía a Otto Bauer y a los 'austromarxistas'-, el primer socialismo vasco de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX se identificó con valores no nacionales, como eran el reconocimiento social de la clase obrera, la justicia o los derechos básicos. Luego, mientras combatían a un tiempo el nacionalismo político vasco y el español, el bizcaitarrismo y el monarquismo, abrazaron valores como la democracia, la libertad y el Estado de Derecho, siguiendo ajenos al debate nacional. Algo no muy distinto hizo la izquierda vasca libertaria, anarquista, y hasta los años treinta así se mantuvieron los recién surgidos comunistas.
Cuando se habla de las figuras señeras de la tradición reciente de algunas sociedades nacionalistas, en la literatura y las artes, en la política y el pensamiento, en las ciencias, se produce una dificultad extraña para ubicar a los no nacionalistas. Esto es dramático en terrenos como el literario y aun en el artístico en general. Incluso sociedades no gobernadas por el nacionalismo, como Galicia, han resuelto que la literatura gallega es la escrita exclusivamente en ese idioma, y en las otras artes se suscita la tentación de definir lo propio del país como un cliché estereotipado y fósil que se establece como contraste de lo que es o no es nacional. Frente a esa lectura deformada y unilateral, Juan Pablo Fusi insiste en esta nueva obra en un argumento fundamental que formuló hace ya años, en 1985, en 'Pluralismo y nacionalidad' (Editorial Siglo XXI). Hablo del pluralismo, definido con precisión (según Horace M. Kallen, en 1915) como «una realidad territorial caracterizada por contener en su interior distintos grupos culturales y étnicos, coexistiendo armónicamente y no fundidos en una cultura unitaria». Según esto, y según reclama en 'Identidades proscritas', la realidad vasca, pongamos por caso, se ha edificado históricamente a partir de la aportación de individuos destacados en diferentes actividades, al margen de su identidad nacional, y reconocidos como vascos en razón de su adscripción voluntaria a una sociedad plural. Algunas sociedades han tratado de ocultar o hacer desaparecer alguna de esas diferentes aportaciones, con resultado nefasto. Lo hizo el Estado Libre de Irlanda de 1922, sólo nacionalista, católico y gaélico. La primera Irlanda de Eamon de Valera se convirtió pronto -escrito por nacionalistas irlandeses, como George Russell- en un páramo «clerical, provinciano, ruralizante y mediocre». Y no tanto por quedar únicamente vigente la facción nacionalista como por los efectos lógicos que tiene el que una sociedad se desprenda gratuitamente de una parte de la misma, demostradamente capaz y tan propia del país como la otra.
La identidad nacional que postula como única o fundamental cualquier sociedad nacionalista no ha sido siempre indiscutible, sino que se ha ido forjando, en el mejor de los casos, gracias a su capacidad de extensión transversal entre todos los grupos. Pero en el pasado y en el presente, hasta tanto no se completa y perfecciona el anhelo nacional, han sido muchos los que han dudado o rechazado esa propuesta. De esta manera, y así se reclama en este libro, la historia del nacionalismo no debiera incluirles, o solo lo haría como contendientes o incómodos pasivos. Pero, al contrario, una historia de una sociedad, de un país, por escrito o como memoria civil, sólo es rigurosa y ajustada a la verdad histórica si se construye con las presencias y aportaciones de todos, los creyentes y los agnósticos de lo nacional, los identificados con unos valores nacionales y los que apuestan por otros distintos, y los partidarios de una idea de nación y los de la otra, si acaso y mientras contienden.
En cualquiera de los casos, un individuo particular, un sector de la sociedad y una sociedad entera pueden vivir sin preocupaciones nacionales. Así ha sido la norma en la historia antes de los dos últimos siglos. En muchas ocasiones, ahora, esos individuos y colectivos han elegido naturalmente identidades y valores ajenos a lo territorial, como la paz, la libertad, la solidaridad entre las gentes, la justicia o el derecho. Hasta ahí el rigor de Fusi como historiador. Más allá, coincidiremos en que esos otros valores, identidades y miradas de la realidad no sólo son alternativas de las nacionales sino que estamos profundamente convencidos de que han sido y son superiores. Y también en que, ante una acometida nacionalista, puede producirse -así ocurre- una convergencia de individuos de diferentes ideologías, no ya unidos reactivamente a otra idea nacional sino convencidos de que su aportación al país radica en hacer de éste una simple sociedad plural y respetuosa con los individuos mejor que un pueblo fuerte, sólido y marchante. Coyunturalmente, esa voluntad puede constituir una ideología tan fuerte como la que en la práctica enfrenta.