Lo del vivo y al rojo, es el título con el que Enrique Viana compareció en el teatro Arriaga en un espectáculo diríamos diferente, al menos insólito o inaudito. Nos recordó a aquellos vendedores ambulantes que se apostaban en un lugar estratégico del pueblo y vendían la quincalla ante un público atónito. Sorprendió el hecho de que el divertimento contara con un protagonista que ora declamaba, ora largaba un populista y a veces mordaz monólogo o finalmente mal cantaba fragmentos operísticos. Cada vez se ven menos hombres-orquesta que llamaban la atención tocando varios instrumentos a la vez, mientras hacían sonar el bombo al andar.
Viana se vistió de rojo y negro que él mismo autocriticó por raro e inadecuado y, como aquel vendedor, exhibió sus dotes de psicólogo antes que de cantante, de comunicador antes que de poeta e hizo participar al público en un soliloquio al que no faltó algo de mordacidad, pero sí ingenio. Le preferimos hablando, ya que al menos informaba, en lugar de cantando, pues en este ámbito enseñó una voz con un color muy gutural, de timbre poco limpio y un canto de titubeante afinación. El espectáculo era más bien digno de un colegio o de un conservatorio, pero no del teatro de la ciudad. No se puede disimular la mediocridad en la palabra bien dicha, ni lograr el aplauso como cantante cuando el canto brilla por su ausencia. Tal vez rescatemos de la venta ambulante el teclado del acompañante Burguesas, obediente cómplice de un osado que se autodenomina tenor vivo.