Las últimas dos jornadas sangrientas, con un centenar de muertos, en Afganistán han vuelto a poner de manifiesto que, casi cinco años después del final de la guerra y de la caída del régimen talibán, el país asiático sigue sumido en la violencia. Desde comienzos de 2006, más de seiscientas personas han perdido la vida, sobre todo en el conflictivo sur fronterizo con Pakistán y cuna de los rebeldes, pero también en el este y, cada vez con mayor frecuencia, en el oeste, donde están desplegadas las tropas españolas.
De las víctimas, un alto número ha fallecido en atentados suicidas, cada vez más habituales y de los que el Gobierno de Kabul culpa a terroristas extranjeros llegados de lugares como Irak, Irán y, sobre todo, Pakistán.
Después de que Afganistán viviera uno de los actos más violentos desde finales de 2001, con un centenar de muertos el miércoles y ayer en tres enfrentamientos en Kandahar y Helmand, su presidente, Hamed Karzai, acusó a los servicios de inteligencia del país vecino de entrenar a militantes y enviarlos a su territorio.
«Ninguna duda»
Pakistán negó esas acusaciones, que calificó de «absurdas y sin base», y pidió a Afganistán que tome medidas contra la insurgencia interna. Pero de nuevo ayer, el portavoz de Karzai, Karim Rahimi, declaró que no existe «ninguna duda de que los terroristas son financiados y equipados fuera», pues sus enemigos «no quieren ver progresos en la paz y la reconstrucción». No obstante, Rahimi negó que haya «un resurgimiento de las actividades de los talibanes en las provincias del sur», y afirmó que «la situación está bajo control de la Policía y las Fuerzas Armadas».
El portavoz de Karzai señaló que «la comunidad internacional está con el pueblo de Afganistán en la lucha contra el terrorismo», y aseveró que «la paz y la estabilidad van en beneficio de toda la región».
En lo que va de año se han producido veintiún atentados suicidas, más que en todo 2005 (17) y, sobre todo, que en 2004 (5).
Sus objetivos han sido la Policía, además del Ejército Nacional afgano y los militares extranjeros, víctimas de la violencia de los grupos talibanes, asentados en la 'tierra de nadie' que constituye gran parte de la porosa frontera con Pakistán.
30.000 extranjeros
Qaseem Akhgar, escritor afgano y analista político, aseguró ayer que «los terroristas saben que los países, sobre todo los europeos, están bajo la influencia de sus pueblos y si muestran que la situación fracasa en el sur, las naciones que han enviado tropas allí pueden asustarse y volverse atrás en sus compromisos».
En Afganistán hay unos 30.000 soldados extranjeros, de los que aproximadamente 20.000 son tropas estadounidenses que participan en la 'Operación Libertad Duradera' contra reductos talibanes y supuestos miembros de Al-Qaida y contra el tráfico de drogas, la actividad comercial más lucrativa del país asiático.
El resto de las tropas pertenece a la OTAN, que este año se expande al sur, una de las zonas más peligrosas, para tomar el relevo de los militares norteamericanos, mientras crece la oposición popular en algunos de los países afectados.
Ayer, estas tropas han capturado, al parecer, al mulá Dadulah, un destacado líder talibán, según el general Rehmatullah Raufi, encargado de la región del sur. La operación se llevó a cabo hace dos días por fuerzas estadounidenses tras un enfrentamiento ocurrido en el área de Pajwayee, en la conflictiva provincia de Kandahar donde los rebeldes ultraintegristas tienen una fuerte presencia.