Antes, en mis tiempos remotos, anunciar que al día siguiente nos esperaba una visita al museo, de qué clase de museo se trataba no nos informaban nunca, parecía el anuncio de una mañana de tedio sólo aliviado por el placer insuperable de no ir a clase.
Estoy convencido de que la fobia a esos lugares demasiado solemnes en los que había que guardar silencio como en la iglesia (un museo solemne era como una iglesia solemne y espero que nuestros ilustres pedagogos hayan corregido el equívoco si tienen tiempo para remediar su aventuras curriculares y otros eventos burocráticos que se están apoderando del gremio), proviene de ese gusto polvoriento por considerar el arte como un sacrificio intelectual. Las voces engoladas, los carraspeos premeditados, la confusión, insisto, entre el museo y una basílica, han hecho más daño a la percepción lúdica del arte que los mueve mil tomos de los nueve mil catedráticos de arte que la historia ha dado. Los dioses les den su merecido.
Sin embargo, si ustedes son de los que fijan y sacan conclusiones, se habrán dado cuenta de lo fácil que resulta conmover a un niño haciéndole mirar una obra de arte, incluso de arte menor o de arte convencional. Se le lleva al museo como se le lleva al 'pic-nic', se le muestra con voz normal y cómplice lo que tiene que ver (abstéganse por lo tanto plastas y sabihondos de pacotilla) y cuando el periplo acaba se le pregunta sin darle mayor importancia qué e ha parecido todo, a ser posible acompañando la cuestión con un helado o con un divertimiento inocente, y haciéndole olvidar al crío que se le está sometiendo a un examen muy severo con pena de cárcel incluida.
Les voy a contar una anécdota propia que puede ilustrar la tesis que sostengo: cuando era un crío me llevaron en el curso de una excursión escolar a uno de los museos más importantes del vasto país. Tras un par de horas de aburrimiento inenarrable tuve la tentación de perderme por los fascinantes corredores del lugar, umbríos y más bien tétricos, mientras el guía seguía desgastando las cuerdas vocales con fatigosos alardes de erudición menor que ninguno de los allí presentes consiguió introducir en sus tímpanos ni siquiera desbloqueando los conductos pertinentes con el meñique.
A mí lo que me ilusionaban eran los corredores interminables, la temperatura agradable comparada con la hoguera ambiental que había fuera y la posibilidad de descubrir un misterio mortal por el mero trámite de abrir una puerta. Un grito nos convocó a todos y mi historia se fue al carajo, aunque seguí pensando en ella durante mucho tiempo. Aún sigo pensándola, en un alarde personal de tenacidad invencible, y de lo que les cuento ya hace más tiempo del que me gustaría contar. Del resto del paseo por el santuario del arte no me pregunten nada. Yo iba a lo mío.
No vean en este comentario cualquier crítica feroz a la práctica de viajes culturales por los museos del mundo. Todo lo contrario. Bastaría con eliminar a plastas, eruditos de pacotillas y otro pedagogos atroces para que el viaje por un museo fuera la travesía más placentera del mundo. A lo largo del tiempo he visitado todo tipo de cosas y no me he arrepentido nunca de ello. Sólo pido que a los niños se les vaya inoculando la pasión por el arte sin solemnidad alguna: la creatividad humana es tan inagotable y fascinante que no necesita intermediarios inadecuados.
Conozco a una persona inigualable que es capaz de meter en el bolsillo a un equipo de chavales vocacionalmente díscolos hablándoles de Andy Warhol y sin necesidad de mostrarles como señuelo el retrato de Marilyn. Y de informarle de qué es el pop art antes de la merienda.