El Correo Digital
Miércoles, 24 de mayo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
EDICIÓN IMPRESA
ÁLAVA
Un maestro
Un maestro
Carlos Pérez Uralde, con la escritora Rosa Regás. / EL CORREO
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Para escribir sobre Carlos me he puesto el último disco de Bruce Sprinsgteen. Es un disco alegre, un homenaje a esos cantautores norteamericanos de izquierda que hubieran considerado a Carlos Pérez Uralde un hermano de sangre, roja claro. Todos, en nuestros sueños, hemos nacido fuera de época, pero Carlos, que soñaba tanto y tan bien, había nacido fuera de muchas épocas. Springsteen entona una canción de rebeldía y me imagino a Carlos arengando a los temporeros de California mientras un solo de violín dibuja una pradera interminable. O lo veo en Moscú, en la Revolución de Octubre. O en Madrid, ayudando a Hemingway a escribir sus crónicas de la Guerra Civil, o en París, en mayo de 1968, encontrando la playa bajo los adoquines, o quizás, más cerca en el tiempo, en Chiapas, aclarándole al subcomandante Marcos que el comunismo debe salir de la selva.

Carlos me enseñó a escuchar a Springsteen, pero también a los Beatles y a muchos otros. Y, sobre todo, a Dylan. Sólo alguien que lleva en su corazón mucho amor a la vida, a la buena música, a los libros, a las historias, a los amigos, a la familia es capaz de contagiar su amor a los demás como él lo hacía. El corazón de Carlos desbordaba afectos. Creo que somos muchos en Vitoria los que nos sentimos contagiados por alguno de sus amores. Aprendimos mucho gracias a él.

Sobre todo de libros. Carlos me enseñó a leer a Julio Cortázar, uno de sus favoritos. El me mostró el camino para hallar la magia en esas historias circulares, a veces humorísticas y otras trágicas. Y a no quedarme sólo en el laberinto. También disfruté compartiendo con él nuestros gustos por Raymond Chandler y Dashiell Hammet, los maestros de la novela negra. Nos tomamos juntos algunos whiskys, sólo para soñar que éramos Philip Marlowe. Y hay muchos más. Desde Dumas a Edgar Allan Poe, de Saramago a Patricia Highsmith. Y sobre todos Gabriel García Márquez. Carlos ha estado en Macondo más veces que nadie. Quizás ahora se esté dando una vuelta por allí.

Ya sé cuándo voy a volver a saber de Carlos. En algún momento escucharé una historia fascinante, un cuento en el que se mezcle el sueño y la ironía. Entonces sabré que Carlos, esté donde esté, quiere decirme: atento, ahí tienes una buena historia. Paladéala, disfruta de ella, porque esas cosas son las que hacen una vida plena. O escucharé una melodía, pequeña, y sabré que Carlos, esté donde esté, querrá decirme: admira esa belleza, tiembla con ese sentimiento, porque eso también nos hace mejores personas.

Y otro día contemplaré una escena extraña y emocionante. Quizás un niño haciendo una gamberrada inocente a su abuela dormida o una chica besando a su novio mientras le dibuja un corazón en la cara con un boli o a un ciego describiendo un partido de fútbol. Entonces volveré a escuchar esa breve risa socarrona suya. Y veré de nuevo cómo sus cejas se alzan tras sus gafas en un gesto de sorpresa. Y sabré que acabo de presenciar algo importante. Él nos lo hubiera explicado perfectamente pero ahora que se ha ido tendremos que valernos por nosotros mismos y contentarnos con lo que hemos aprendido de él.

Carlos, ¿cuánto te vamos a echar de menos!



Vocento