No va a ser como antes leer el periódico sin el artículo de Carlos Pérez Uralde. Ni va a ser lo mismo salir por las calles de Vitoria, por el centro de la ciudad, sin encontrarse con ese genial escritor, con ese impenitente observador de la realidad cotidiana, con el crítico de momentos, personajes, sitios y situaciones más singular que ha tenido nuestra reciente historia ciudadana.
Carlos era muchas cosas que pasaban desapercibidas, pero que para los que le conocíamos marcaban señas de identidad inamovibles e inconfundibles. Era un vitoriano militante como la copa de un pino. Era un sencillo hombre de una izquierda ya inexistente y mítica. Y era el pesimista con mejor sentido del humor que he conocido en mi vida. De costumbres fijas y de habitualidades, siempre nos sorprendía con cosas nuevas, con referencias, con reflexiones inusuales y diversas, aunque orientadas en un concepto existencial a caballo entre el cansancio y el escepticismo, pero en el que los vitorianos nos sentíamos muy identificados. Era esa particular manera vitoriana de ser genial.
Seguiré ofreciendo mi particular homenaje a Carlos tomándome unos vinos con su hermano, mi amigo y por quien le conocí, por algunos de los bares de su historia, que es la de la Vitoria actual, comentando con éste sus singulares escritos y riéndonos de alguna de sus sugestivas trifulcas periodísticas -no tenía pelos en la pluma-, y lamentando no poder verle pasar más. Que Dios te guarde, Carlos (con tu permiso).