Se ha pasado de aquel famoso 'miedo a salir de noche' al pánico de quedarse por la noche en casa. Mejor salir, irse de jarana nocturna a sortear en la calle en sombras los peligros inherentes a las 'malas horas' y que no te encuentre cualquier banda criminal de asaltantes durmiendo a la hora habitual y tranquilamente en tu cama. Algo terrorífico: el terror de película vivido en el mismísimo dulce hogar. Puede suceder que tras haber visto en la tele una cinta de suspense uno se retire a dormir y despierte horrorizado en una escena de Tarantino que se ha hecho realidad en su propia alcoba.
Puede darse que abras los ojos y horrorizado te encuentres ante unos tipos de negro como armarios y armados, 'rambos' en comando forjados mayormente en guerras patrióticas y fratricidas, reciclados en peligrosos atracadores que usan alta tecnología en sus asaltos y robos en chalets. La auténtica alarma ante estos sucesos es que las alarmas no bastan. Tampoco los teléfonos móviles. Y vecinos hay de alguna zona que han acordado aprovisionarse de silbatos para, en caso de peligro, silbar en cadena.
«Si me necesitas, silba». Una llamada de socorro de historieta infantil, un S.O.S de dibujos animados para una situación desesperada. Los especialistas en seguridad explican con cara de palo que cuando los sistemas y medidas disuasorias se implantan contra los atracos, los delincuentes ya vienen de vuelta. Neutralizan las más sofisticadas trampas y cepos. Qué vamos a decir entonces del can que vigila impaciente tras las vallas. El perro guardián pierde peso, razón y característica. Significa menos en la custodia que los angelotes de piedra que adornan impasibles el jardín.
Cruel circunstancia la de quien creyó cumplir el sueño de vivir en aislada calma y tranquilidad a espaldas del barullo ciudadano, y ve su ideal remanso de paz doméstica invadido por una violencia extrema. Y no queda otra, aconsejan, que blindar el dormitorio, la 'habitación del pánico' se llama el antes cuarto matrimonial, espacio hogareño principal, cobijo de los secretos, refugio supremo de la intimidad y de enigmas entre sábanas, cerrado por un telón de acero que lo convierte en algo así como un búnker concebido para el día después de una hecatombe nuclear.