La perfección de los violines y violonchelos antiguos es inigualable. También su cotización. Una vida de afamado concertista no basta para adquirir uno de esos instrumentos míticos. Las cuerdas de alta gama vibran en el mercado al ritmo excitante de millones de euros. Millonarios mecenas, acaudaladas fundaciones los ceden prestados a célebres intérpretes como el solista Shlomo Mintz, que hubo de ser escoltado por fornidos guardaespaldas de la KGB cuando iba a dar un concierto ante Boris Yelsin pues tenía la inmensa responsabilidad y fortuna de tocar con el stradivarius Zhan de 1719. No hay instrumento de cuerdas moderno que pueda rivalizar con los del pasado. Siempre ha sido un misterio la incomparable excelencia de un stradivarius fabricado en Cremona, una incógnita que ha atormentado al reducido mundo artesanal de los lutiers.
Las hipótesis han ido sonando sobre el porqué de la factura insuperable de un violín salido de la sabiduría y las manos de artesanos de leyenda. Se atribuye a la edad y la cualidad de la materia prima, esencialmente de pino, a menudo varias veces centenario, cortada y preparada según procedimientos irremisiblemente perdidos; los secretos del barniz se los llevaron a la tumba los últimos descendientes de las dinastías que los fabricaron.
Pero hay otras razones que explican lo magistral de esas obras perfectas, explicación que ha resultado aceptable: una ola de frío sacudió Europa entre 1645 y 1715 lo que habría obligado a los árboles a defenderse por sí solos, con sus propias fuerzas y en sus entrañas mismas, con el feliz resultado de que su madera se fue volviendo más densa, más resistente, mas leve a la vez, mejor conductora, más apta para dar cuerpo a instrumentos excepcionales. Así que en origen fue cosa del clima, del tiempo cambiante, de la meteorología variable, de una crudeza invernal imprevista, de una circunstancia estacional inesperada; en fin, en parte fue a causa de la Naturaleza que la maestría que conlleva el sonido de un Davidov no se haya superado. Y lo que vale para un excelso violín tal, habría de valer para todo aquello que tuvo en el ayer su plenitud y se intenta superar o perfeccionar en el presente olvidando el azar de los orígenes y generando frustraciones.