La historia parece salida de un cuento de Handersen, pero está firmada en Álava. Hace días, un coche acabó con la vida de una pata que iba de paseo por la carretera con sus nueve crías. Un hombre pudo rescatar a sus polluelos, que han echado peso y plumas en el centro de recuperación de Mártioda. Ayer fueron liberados en Salburua por una treintena de alumnos de primer y segundo curso de Primaria de los colegios Ramón Bajo y Luis Elejalde.
El artífice de esta inusual experiencia fue un grupo de chavales de seis y siete años que tuvieron que rifarse el derecho a liberar a los patos. «¿Yo, yo, yo!», gritaban a los monitores. Al final lo decidió el azar. Los nueve que sacaron las ramas más cortas pudieron sacar a los ánades de las asfixiantes cajas de cartón donde se refugiaron para viajar hasta Salburua. Lo hicieron, eso sí, con alguna reserva, pero «sin miedo porque los patos son buenos y no muerden», se repetía el pequeño Enar. En un abrir y cerrar de cajas, los nueve patos echaron a correr hacia la balsa de Betoño.
Pulsera identificativa
Demasiado rápido. «¿Ya se ha terminado?», se preguntaba incrédulo Juan, que esperaba haber jugueteado un poco más con las asustadas crías. Los chavales prometieron regresar con frecuencia al lugar para comprobar si sus patos continúan donde los dejaron. ¿El truco para identificarlos? Vislumbrar la pulsera identificativa que los trabajadores del centro de recuperación de Mártioda les colocaron en sus diminutas patitas.