Rocío Jurado me da pena. Pero también la opinión pública da pena. Mucha pena. Durante una semana, hemos seguido la pasión y muerte de la artista con la emoción de un Barça-Madrid -minuto de juego y resultado- y el morbo de comprobar cómo les sienta el negro a quienes sólo parecen haber visto la vida de color de rosa. Traicionada por su enfermedad, tras tres días de luto oficial en Chipiona, ascenderá a los cielos con honores de virgen y como la diosa de la canción que, todavía ayer, se les reveló a esos que agotaron sus discos en El Corte Inglés.
En este espectáculo mediático de hijos adoptados, segundas nupcias, agentes, toreros y cuernos, se nos olvidó que, al otro lado de las verjas de Villa Jurado, agonizaba una mujer que, durante año y medio, ha sido consciente de vivir su cuenta atrás y de que, por más que fuera como una ola, se la acabaría tragando la tierra.
Retransmitir al segundo la agonía de un ser humano y recrearse en el dolor de sus allegados no es rendir homenaje, sino hacer pornografía de los sentimientos. Y eso no lo merece la más grande. Ni nadie. Es mi opinión. Mándame la tuya y la leeremos aquí, el lunes, en 'Hoy hablamos de '