Ahora que el ciclismo se desangra acuchillado por una máquina de escándalos, es mejor no citar ese oro rojo que corre por las arterias. Pero es que el ciclismo es un deporte de sangre. De la de verdad. Sangre caliente, como la del Aarón Villegas, ganador en la cima de Gatzaga tras tres días escapado. Sangre fría: la de Koldo Gil y su equipo, el Saunier Duval, que durante buena parte de la etapa estuvieron descabalgados por una fuga masiva de rivales, pero que aparecieron a tiempo. Puntuales. Certeros. Sangre generosa: la de Gil también, que atrapó a Villegas a falta de 150 metros de la meta y decidió esperarle, en homenaje al esfuerzo del tremendo ciclista del Orbea. El rey de la carrera delegaba. Buen detalle para un deporte avasallado. Sangre helada: la del Euskaltel-Euskadi, sorprendido otra vez en esta prueba. Con sus líderes, Herrero y Zubeldia, desnortados, en barbecho cuando tocaba cosecha. Sangre revuelta: la de una etapa caótica que, sin embargo, acabó como se preveía, con Gil al mando. Sangre de buen ciclismo.