El Correo Digital
Sábado, 3 de junio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Las escaleras como metáfora
El deterioro de una situación social tiene mucho que ver con su visibilidad. Lo que no se ve no se conoce. Si no se conoce, no preocupa. Si no preocupa, sus problemas no se asumen como propios o cercanos. Si no es capaz de prosperar por sí sola, al final, la cosa se pudre.

El Casco Viejo vitoriano tiene un grave problema de visibilidad. Si no eres uno de sus poco más de diez mil vecinos o si ya has pasado de los veintipocos años, no hay casi nada que te llame a transitar por esas calles. Puedes pasar meses sin ver el centro medieval. Incluso puedes ir -vas de hecho- de uno a otro extremo cardinal urbano, de norte a sur o de este a oeste, esquivando por fuerza la colina.

Casi nada atrae, una situación progresivamente deteriorada expulsa y una realidad física hace incómodo llegar a él. Las rampas, los empinados cantones, que existen desde después de 1181, a diferencia de lo que pasa en los cascos históricos de las otras capitales vasconavarras, integrados en el plano físico y funcional de su ciudad, disuaden al ciudadano todavía más y le invitan a esquivar sus cuestas.

En el Casco Viejo vitoriano se ha metido dinero a espuertas. El presente sigue siendo de deterioro social creciente. Se podría pensar que las políticas no han sido del todo eficaces, aunque quizás la realidad es que la problemática de ese barrio ha ido en paralelo a la intervención social en el mismo, de manera que ésta no conseguía superar las dificultades estructurales, sino sólo paliar la acumulación de las tradicionales y de las que se iban sumando. Lo cierto es que la ruina del barrio sería que una mayoría de vitorianos y vitorianas lo tomaran por ajeno, como si no formara parte de su imagen de ciudad, como una 'Vitoria-donuts', con agujero. Que sólo quedara para el futuro una actuación administrativa lánguida, de reparación de daños, sería el entierro del espacio físico que constituye la mayor parte de la historia de la ciudad.

Lo que viene pasando estos días con el inicio de la construcción de las rampas o escaleras mecánicas es una metáfora de la situación. No entro -y asigno instintivamente la razón al ciudadano protestante frente a la administración-; no entro, digo, en cuestiones fundamentales sobre la comunicación y diálogo con los vecinos, los costos económicos de la operación o la oportunidad de determinadas decisiones técnicas. Pero creo que más allá de eso se viene mostrando patente el hecho que ya se conocía de partida: que una parte muy activa de los vecinos del Casco Viejo, y de otros ajenos que hacen causa con ellos, son partidarios de que el barrio no sea fácilmente accesible, que sea para ellos en exclusiva, un terreno acotado, aunque degradado, cutre pero mío, 'zona nazional', digámoslo de una vez. El argumentario de asociaciones varias ha sido, por acumulación y por insostenibilidad de criterios, más que sospechoso. Como bien ha funcionado la lógica del Defensor del Vecino, la colina estaba allí antes que nosotros y lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Se tendrán que hacer las cosas bien, se tendrá que hablar con todo el mundo, se tendrán que poner otros medios para quienes no puedan subir la colina sobre las rampas, pero se tendrá que hacer algo para que el Casco Viejo sea accesible, visible, conocido y sentido por los vitorianos. No por los turistas, que ésa es una milonga que da el punto del nivel intelectual del argumentario de algunos protestantes. Se trata de que pueda subir a ese barrio, con comodidad, para dar lugar a su vez a otros estímulos, el ciudadano de Vitoria, en principio y sobre todo.

Frente a ello, se trata de establecer un veto de parte de los que viven allí. De algunos de ellos. Si la decisión se ha tomado con criterio, si es en beneficio de toda la ciudad, si se ha establecido democráticamente, es difícil justificar un veto particular, por muy vecinos que sean. Otros también lo intentaron y no lo consiguieron: los de Ajuria con el Centro de Mayores, los de La Antonia-Batán con esa especie de Vía Sur, los de la Coronación con el punto de recogida neumática. Todos piensan que cualquier infraestructura, servicio o artilugio les puede estropear la vida o limitar el valor económico de sus viviendas. A veces pasa; no en esos casos. Pero una ciudad no se puede construir sobre la base de los vetos de los 'directamente afectados'. Habrá que hablar y convencer y discutir. Y, si no se ha hecho esta vez suficiente, que se haga. Pero hasta ahí llegamos. Más allá no es de recibo, y el discurso protestante no tiene por qué tener razón. No se pueden vetar las rampas que van a hacer accesible el Casco Viejo y meter su rechazo en el saco de la oposición al papel que está jugando la recuperación de la Catedral Vieja. No se puede hacer porque a quien lo hace se le ve la oreja pretendidamente ideológica, que no esconde otra cosa que intereses privados, nada ciudadanos, nada públicos, nada de todos. Y cuando todo parece una celada para disparar 'ciudadanamente' contra cosas que en principio están bien y son de sentido común, las instituciones deberían salir con más brío a defender sus decisiones, antes de tener que ir a la contra, y no aprovechar para que se vaya desgastando el contrario político.

Si queremos que el Casco Viejo se deteriore hasta el extremo, dejemos que decida por él sólo su vecindario. (Una pregunta final: cuando se compra un donuts, ¿se paga también el agujero?, ¿cómo?).



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