Correr puede ser una sana forma de vida, aunque ni siquiera dé en verdad para sobrevivir. El mexicano Ricardo Mejía, considerado el mejor atleta del mundo de montaña, lo tiene más que comprobado, aunque no por ello deja de practicar su afición a lo largo de todo el planeta. Encarna, en cierto modo, al personaje que dio fama el actor Tom Hanks en la película 'Forrest Gump'. El consagrado deportista recaló ayer en Balmaseda, donde pulverizó el récord de la subida al Kolitza. Lo hizo con un tiempo de 53 minutos y 24 segundos que entró directamente en los anales de la prueba vizcaína.
El comienzo de Mejía en las carreras de montaña fue tardío y más bien casual. Ricardo solía jugar al fútbol de joven, «y era bueno», pero a los 18 años decidió emular a su hermano mayor apuntándose a un club atlético local. Comenzó participando en las pruebas de 1.500 metros, aunque pronto comprobó que lo suyo eran las largas distancias y fue prolongando sus recorridos.
La rápida evolución del atleta dejó pequeña la pista y Mejía dio el salto en 1986 a la México-Cornavaca, una carrera de 50 kilómetros. Fue su primer ensayo en la montaña, aunque no consiguió terminarlo. «Iba tan rápido en la subida que dejé atrás a todos los rivales, pero no conocía el camino y me perdí», recuerda el maratoniano, quien se resarció ganando al año siguiente en lo que fue el estreno de un exitoso palmarés que se ha completado después en Estados Unidos, Suiza, Malasia o Nueva Zelanda.
Dos décadas le han bastado al mexicano para erigirse en la más destacada figura mundial del atletismo de montaña. Es el mejor a sus 43 años, cuando los corredores suelen competir ya como veteranos. Lo es, además, con una vida propia ajena al deporte en la que toman protagonismo su mujer, sus tres hijos y una ferretería que se encarga de abrir diariamente a las ocho de la mañana. «El negocio es lo que nos da de comer», asegura Mejía.
Lo de correr es para el azteca, al fin y al cabo, sólo una cualidad innata que desarrolla cuando puede, «normalmente antes de ir a trabajar». Las montañas, además, no tienen secretos para un atleta que vive a 2.300 metros de altura y que aprovecha los fines de semana para entrenar en cordilleras de hasta 4.500 metros sobre el nivel del mar. «En España no hay cimas tan elevadas», destaca Mejía, para quien la aclimatación a la altitud supone gran parte de su éxito.