-Ha estado 22 años en Vitoria. ¿Se ha aburrido mucho?
-No. Tengo buenos amigos. Me he divertido mucho. Me voy porque los cambios de vez en cuando vienen bien a todo el mundo.
-¿A las ciudades también les convienen los cambios?
-Claro. Si no, se paralizan.
-¿Y Vitoria ha cambiado mucho desde que usted llegó?
-Mucho. Hace 20 años, un domingo en Dato veías parejas en las que el hombre llevaba en el brazo derecho a la mujer y en el izquierdo, el transistor pegado a la oreja.
-Pero nada que ver con su Bilbao natal.
-Bilbao ha dado un gran cambio, pero mejor no hacer comparaciones porque los vitorianos me van a echar en cara que esa transformación ha sido en base al dinero de los alaveses.
-¿Y no es así?
-Será el dinero de todos, ¿no?
-Usted decía hace tiempo 'quien no llora no mama'. ¿Vitoria llora poco?
-Aquí se han hecho grandes cosas. Bilbao no tiene el despliegue de centros cívicos de esta ciudad.
-Representantes de diferentes sectores sociales culpan del 'parón' de Vitoria a las discrepancias políticas. ¿Cómo lo ve?
-Las discrepancias en el proyecto del auditorio me parece que son bastante sin sentido.
-¿Son discrepancias o zancadillas de la oposición al partido que gobierna en minoría?
-Hablar de zancadillas me parece muy fuerte. Pero estaría bien tener un auditorio.
-¿Sobre todo porque Vitoria es la única ciudad del entorno sin un lugar para grandes espectáculos musicales?
-Son muchas las ciudades pequeñas que tienen ya auditorios.
-Se va sin ver el soterramiento del tren, un proyecto que hace años consideraba fundamental.
-Hace 20 años decían que era inminente.
-¿Es el proyecto que, de verdad, precisa Vitoria?
-Cuando mis hijos eran pequeños paseaba por la zona de la Universidad. Parecía que me iba lejísimos y estábamos a cinco minutos del centro. El ferrocarril es una barrera psicológica.