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Domingo, 4 de junio de 2006
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ÁLAVA
Todo es posible en el agua
El equipo de natación de Apdema llevará a las olimpiadas de Pekín a una representante. Pero detrás de este éxito hay 20 años de trabajo continuo y una conmovedora historia de superación y amistad
Todo es posible en el agua
OLÍMPICA. Ania Beltrán de Heredia en un entrenamiento en Mendizorroza. / FOTOS: IGOR AIZPURU
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EL EQUIPO DE JOHN
Alberto Aguirre: 20 años. Trabaja en Lakua como archivador

Ania Beltrán de Heredia: 17 años. Va a las Olimpiadas de Pekin 2007.

Mikel Cano: 29 años. Nadador más joven en Barcelona 92. Trabaja en un taller. Hace los 100 crol en 35'.

Aitor Cuesta: 17 años. Estudia en Los Herrán.

Roberto Curiel: 28 años. Empezó a nadar a los 3 años. Trabaja en un taller de 9 a 5. Socio del TAU y del Alavés.

Itziar Infante: 30 años. Trabaja en un taller de Lakua.

Alvaro Martínez de Antoñana: 23 años. Entrena aparte por horario.

Laura Lajas: 15 años. La benjamina. Estudia segundo de la ESO.

Estíbaliz Landaburu: entrena y vive en Bilbao.

Javier Ortiz de Urbina: 32 años. El mayor. Fue campeón de España en braza.

Raquel Peña: 27 años. Empezó con 3 años. Sigue un plan de entrenamiento diferente. Escribe poemas.

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Ania Beltrán de Heredia, vitoriana de 17 años, es una de las deportistas que irá a Pekin 2007, la cita soñada por todos los atletas del mundo. Padece una trisomía en mosaico, un tipo casi imperceptible de síndrome de Down, el fallo genético que afecta a 1 de cada 700 personas. Ania ha sido seleccionada gracias a sus marcas en la piscina con otros 6 nadadores dentro del equipo español que competirá en los juegos paralímpicos. Ella luchará por las medallas en cuatro modalidades, tres pruebas de braza y el relevo de 200 estilos.

Mientras llega su hora mágica, entrena concienzudamente tres días por semana, a razón de 2.000 o 2.500 metros por día en las pileta cubierta de Mendizorroza. En agosto, tendrá un test, los europeos de Budapest.

Ania se ha convertido tras sus éxitos en los campeonatos de España de este año en el icono del equipo de natación de Apdema. Ella, con un gran físico y capacidad competitiva cuando no le traicionan los nervios, ha conseguido superar las barreras que se le suponen a este tipo de discapacitados intelectuales.

Hace 20 años

Pero Ania no ha surgido por generación espontánea. Ella, estudiante de un módulo administrativo en Diocesanas, es el resultado de un continuo y meticuloso trabajo y de la fe en la superación de las personas que surgió hace veinte años dentro de Apdema, Asociación a favor de Personas con Discapacidad Intelectual de Álava. La cara y los ojos de esa labor callada es John Mulvey, de 40 años, un monitor de natación de padre irlandés y madre riojano alavesa, nacido en Estados Unidos. En la piscina, sus silbidos son como la luz de un faro en la orilla del mar un día de marejada. Dan seguridad desde hace dos décadas a todos los que ha entrenado en el programa. Su equipo lo adora.

Los once integrantes actuales del grupo entrenan tres días a la semana, aunque algunos tienen planes personalizados. Al verlos zambullirse en el agua azulada sorprende la fuerza y el vigor de sus brazadas y la armonía de sus movimientos en todos los estilos. «En el agua no hay diferencias», explica Mulvey, que ha visto cómo sus chicos tenían dificultades para aprender o para hablar, pero se transformaban en grandes nadadores cuando conseguían dominar la técnica de los estilos.

«¿Se moverán?»

Mulvey recuerda que al empezar hace veinte años el desconocimiento era absoluto. No había ni manuales a los que acudir. Nadie conocía los límites de unas personas a las que se las había segregado, se las había cerrado siempre las puertas en todo y se las trataba como niños. No se distinguía entre deficiencia y enfermedad mental «¿Se moverán igual que los demás? nos preguntábamos. Tienen una musculación más laxa y menos potencia que cualquiera, pero en el agua flotan mejor. A medida que crecían los estímulos sobre su psicomotricidad los resultados eran más y más sorprendentes», cuenta el monitor que conoce a la mayoría desde que eran bebés.

Una perspectiva de veinte años ha confirmado que no se equivocaron al apostar por la natación como una herramienta para mejorar la vida del colectivo de afectados por el síndrome de Down. «Exigirles como se le exige a una persona normal es la clave. Ellos responden mejor de lo imaginable. Lo que hay que tener son ganas de trabajar. El peso es un ejemplo. Tienden a engordar y yo les obligo a controlarse. No pueden competir con la barriguita».

«Nunca ha estado enfermo», subraya Paquita García de su hijo Mikel Cano, uno del grupo de mayores. «Estas personas suelen padecer del corazón y envejecen antes. Al principio pensamos dejarlo porque cuando iba a competir en el autobús solía devolver. Creíamos que era una reacción negativa. Nos equivocábamos. Era de emoción, de nervios, de satisfacción. Mikel, que fue el nadador más joven en las olimpiadas de Barcelona 92 y llevó la antorcha, siempre ha sido feliz en el agua», recalca la madre.

Javier está «de malas»

Y, además, siempre se tira a la piscina para ganar como Roberto Curiel, forofo del TAU y del Alavés, un terremoto que no para de hablar. Junto a Javier Ortiz de Urbina, que está «de malas» hoy, forman el grupo masculino de los mayores. Los más experimentados y con más campeonatos de España a sus espaldas. Basta observar su espectacular físico para apreciar lo que la natación ha moldeado con el tiempo.

Pero es el ambiente de compañerismo y amistad el que se abre paso enseguida. El tema del día es la muerte de Rocío Jurado naturalmente y los gustos musicales de cada uno. Todos coinciden en algo, les gusta comer y la marcha, el desmadre, salir de noche con los amigos y viajar de un lado para otro. Hay quien lo prefiere a los entrenamientos en la piscina.

Sueñan con ser independientes, tener novias y novios y una vida propia. Con ese torrente de cariño y humanidad que destilan a su alrededor sólo falta que les quieran como ellos quieren. En realidad, buscan la integración en un mundo que les superprotege porque les ve diferentes. «Yo me ponía malo cuando veía que participaban nadadores en competición que apenas flotaban. Era una falta de respeto para todos los que entrenan y trabajan. Y todo porque hay una mentalidad de tratarles como a niños. Piensan que a ellos no les importa ganar. Y eso es un error», apunta Mulvey.

Mikel, Roberto, Javier, Raquel, han llegado a levantarse a las 5.30 de la mañana para poder entrenar una hora por la mañana. En el agua son y se sienten iguales.

p.gongora@diario-elcorreo.com



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