Algún entendido de reconocido mérito melómano y con prestigio musical propio discutió la versión de la quinta de Tchaikovsky que hizo el otro día el alemán Andreas Delfs al frente de la Orquesta Sinfónica de Euskadi en un marco poco habitual, el aula magna del conservatorio Jesús Guridi. Pero todos los asistentes estuvimos de acuerdo en una cosa: ¿qué magnífica acústica! ¿Qué bien sonó la orquesta! ¿Qué espléndidos matices se podían adivinar cuando todos, a la vez, tocan muy fuerte y con mucho entusiasmo! Fue una curiosa observación: el sonido no se empasta y, por lo tanto, no se convierte en una masa amorfa que golpea el oído. Y todo este disfrute devino como consecuencia de la huelga de los empleados de la limpieza en centros municipales.
Claro que antes ya habíamos escuchado a la sinfónica en el vitoriano conservatorio: durante el tiempo de las obras de restauración del Principal fue su sede. Y también hemos asistido aquí a conciertos de otras orquestas: la última, la de Bilbao, en homenaje a Carmelo Bernaola. Pero nunca habíamos podido percibir las músicas producidas por una misma formación en dos escenarios tan diferentes con sólo unos pocos días de separación. Por lo tanto, incluso los más zotes y poco dotados para la fina audición comparativa comprobamos una cosa elemental. En el conservatorio, gracias a los desvelos de José Luis Catón, hay una magnífica acústica. Pero éste no es un buen sitio para los conciertos porque es un aula de estudio de un centro educativo, no un auditorio público. Consecuencia: una huelga de los encargados de limpiar el Teatro Principal nos ha convencido, aún más, de la necesidad de un Auditorio en condiciones. Por favor, que ya es hora de dejar de marear la perdiz. Queremos oir a la formación orquestal vasca en las mejores condiciones. Y punto.