Decía usted el domingo, mi señor Zapatero, que «no vamos a consentir que se descalifique a los compañeros del PSE por intentar la tarea de la paz». Nadie reprocha a sus compañeros «la tarea de la paz», presidente, sino su negociación con Batasuna. No es el PP, es Pilar Ruiz. No es la derecha, es Rosa Díez. Y son sus propias palabras. Usted negaba explícitamente esa negociación, al explicar que la metodología de las mesas, «en mi opinión está superada. Creo que la dinámica va a ser distinta no creo que lo de las mesas sea el mejor concepto para lo que tenemos por delante» (El País, 26-3-2006). Lo que se le afea a usted es que haya repetido hasta la saciedad que «primero la paz y luego la política». Si ahora van a negociar políticamente sin que ETA haya colgado las capuchas, puede justificarlo con otra expresión de su cosecha: «siempre dije que la política puede y debe contribuir al fin de la violencia». Es lo bueno de las palabras cuando uno se afloja el molesto corsé de la sintaxis, que te permiten estar en todas las posiciones al mismo tiempo. A los dirigentes del PSE, del PSOE y del Gobierno se les censura el número de veces que todos ellos expresaron su inquebrantable determinación de no sentarse con Batasuna mientras fuera ilegal: Patxi López (cuatro veces), José Blanco, (tres veces), Miguel Buen, José Antonio Pastor, Rodolfo Ares, el ministro del Interior y la vicepresidenta del Gobierno, entre otros.
Para ustedes, la ya cantada legalización de Batasuna es un triunfo del Gobierno y no una necesidad del partido ilegalizado: «Batasuna es un interlocutor necesario» (Patxi López en Radio Euskadi, 30-5-2006) y '«Es la noticia más importante tras el alto el fuego», señala el Gobierno' (El País, 4-6-2006).
Este método abre una hoja de ruta prometedora para lo que ustedes llaman «el proceso de paz»: Rota la resistencia de Batasuna a dejarse legalizar, estamos más cerca de convencerles para que acepten la creación de un órgano conjunto entre Navarra y Euskadi. Después les miraremos a los ojos para pedirles que nos dejen acercar a sus presos y les exigiremos que acepten nuestro calendario para celebrar una consulta que articule el derecho del pueblo vasco a decidir su (propio) futuro.
Si nos aguarda esta cadena de éxitos, ¿por qué está tan triste Maite Pagaza y se muestra tan contento Arnaldo Otegi? Tal vez la satisfacción de Otegi sea impostada; quizá se trate sólo de un goce de consumo interno, con el que trata de ocultar a la izquierda abertzale su propósito de no cobrar un precio político por la paz. Puede que Maite desconozca la sucesión de derrotas que espera a Batasuna en la mesa de la negociación. Seguramente no sospecha que los asesinos de su hermano se entregarán a la Justicia después de pedir perdón a su familia. Ustedes y Otegi se encargarán de convencerles.
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