La pugna entre el Partido Popular y el gobierno de Rodríguez Zapatero amenaza con desviar la atención respecto al verdadero desafío al que se enfrentan la sociedad y la democracia: poner fin cuanto antes y para siempre a la amenaza terrorista, y hacerlo además de forma que con su desaparición ETA no se cobre un peaje político y moral. Por momentos la controversia adquiere las connotaciones de una disyuntiva nefasta. Tiende poco menos que a presentar el inmediato final del terrorismo como algo incompatible con la visualización de la derrota etarra. Como si, a cambio de silenciar las armas, tuvieran derecho a alzar la voz por encima de lo que la izquierda abertzale representa socialmente.
La liza entre la incómoda rotundidad de Rajoy y la hábil parsimonia de Rodríguez Zapatero podrá resultar sugerente. Pero su efecto inmediato es el debilitamiento general de las instituciones, la cesión de un peligroso margen de iniciativa a ETA-Batasuna y la deplorable utilización del problema del terrorismo, de nuevo, como palanca que presidente y aspirante manejan para hacer que el otro pierda el equilibrio.
El lado más bronco del adversario es el que contribuye a afianzar las posiciones propias. Nada mejor que un Acebes para que los socialistas se convenzan de la justeza y el acierto de su secretario general. La réplica más crispada del otro acalla las dudas y temores en el bando propio. De forma que no hay nada de qué preocuparse. Al final al Partido Popular no le quedará más remedio que arrimarse al proceso de paz. Cómo y por dónde discurra éste es un problema menor, siempre y cuando ETA no vuelva a actuar. Es la lógica que va imponiéndose en las filas socialistas, que ante la ruptura de relaciones del PP con el gobierno tienden a concebir la apuesta del presidente como una baza política que acabará orillando a los populares, cerrándoles el paso a la alternancia.
El mensaje de los populares -«o con las víctimas o con ETA»- sugiere que sólo hay una manera de solidarizarse con las primeras y de poner fin a la segunda: la suya. Frente a tal pretensión cobra fuerza un discurso igualmente pernicioso. Viene a concluir que si no se está de acuerdo con esta manera de enfocar el 'proceso de paz' es que se prefiere la continuidad del terrorismo. Durante el último año hemos asistido a un tacticismo político exacerbado a cuenta de la tramitación del Estatut catalán. Pero ahora la democracia afronta un desafío ante el que el «todo vale» en la pugna partidista PP-PSOE puede deparar efectos imprevisibles. La idea de que todo cuanto descoloque al Partido Popular bienvenido sea, que parece arraigar en el ánimo socialista, podría acabar volviéndose en contra de la democracia. En contra de todos menos de ETA y la izquierda abertzale.
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