Anda la clase política inmersa en la ardua tarea de solucionar el problema del terrorismo, asunto que ha tenido en vilo al país desde hace más de treinta años y que parece tener visos de solución para descanso de todos. Pero debemos tener presente que, como dijo en su momento José Luis Rodríguez Zapatero, «va a ser un proceso farragoso, duro y largo». Es evidente que por las connotaciones que conlleva el mismo debemos estar de acuerdo con las aseveraciones del Presidente del Gobierno en los dos primeros calificativos; en cuanto al tercero asalta la duda razonable. Una cosa es finiquitar dicho entramado acogiéndonos a las reglas del juego político -ya se sabe cruce de declaraciones y acusaciones más o menos estridentes, desacuerdo en las formas, alguna que otra descalificación entre sus señorías- y otra ejercitar la controversia continuada -que generen más apariciones en medios, proliferación de actos, etcétera-, y que como consecuencia de esto, aquello se alargue en el tiempo para irritación y desesperación de todos. O lo que es lo mismo, es de esperar que no se convierta en un proceso 'sine die'. Si así fuese, debería preguntarse uno si la dilatación es por impericia negociadora o un pretexto para satisfacer intereses particulares.