Hace ya unos años que el terrorismo de ETA unió a las izquierdas y a las derechas no nacionalistas de este país. Más allá de la política, antes de ella, estaba lo prepolítico: la violencia terrorista anulaba o dificultaba la acción de media sociedad y política vascas. Recuperar la democracia y la paz obligaba a coincidir, sobre todo a quienes más perjudicados se veían por su ausencia. Todavía hoy, a pesar del futuro que viene, en ésas seguimos estando. Los representantes políticos vascos no nacionalistas van en coche de seguridad; los nacionalistas, en coche de cortesía.
Hace unos años, algunos quisieron que la penuria prepolítica tomara forma política, que la coincidencia en el sufrimiento de los no nacionalistas se convirtiera en frente, no sólo contra el terrorismo, sino también contra el nacionalismo vasco gobernante. Aquello no prosperó y ésa es otra historia. En ese mismo tiempo -y no por las mismas causas vascas- surgió una reacción. Determinada opinión pública y publicada de la izquierda española -no de la vasca, curiosamente- llegó a soportar tan mal el 'aznarato' que, en su reacción contra el Partido Popular, tomó por bueno o por pasable todo aquello que se le enfrentaba. Si al PP de Aznar se le oponía el nacionalismo vasco, lo que decía el nacionalismo vasco no tenía por qué ser malo, sino todo lo contrario. Es así como se produjo una ruptura entre la izquierda española y la izquierda vasca, manifestada con claridad primero en torno al Acuerdo de Estella y la mal llamada tregua de ETA, y luego en relación al plan Ibarretxe. Lo que del Ebro para arriba se vio entre la izquierda -y no sólo entre ella- como un intento de hacer desaparecer a efectos sociales y políticos a los no nacionalistas, más allá de ese río, entre la izquierda se saludó como una oportunidad para la paz y cosas por el estilo. Todavía se oyen hoy comentarios similares, tan poco atinados y sujetos a la verdad, sobre todo por las tierras donde el citado Ebro desemboca. Ya advirtió despectivamente Sabino la condición 'fenicia' de algunos catalanes.
De un tiempo aquí, el furor anti Partido Popular está anidando también en las cabezas y sentimientos de la propia izquierda vasca. Cada vez se hace menos soportable su despreciativa soledad, su incapacidad para pensar que igual están equivocados y su apuesta absurda por el fracaso de una oportunidad para la paz que, esta vez sí, tiene pilares sólidos (más allá incluso de ETA), creíbles y, por supuesto, no excluyentes y no atentatorios contra la democracia y el Estado de Derecho.
Hay mil razones para justificar el furor anti PP en Euskadi hoy. Pero la política, y menos la vasca en estos momentos, no puede sustentarse en el dictado de las tripas. No lo puede hacer hoy y no lo puede hacer en el futuro inmediato.
Estos días, todos demandan del PP su vuelta a la arena política. Le piden que baje del monte hasta los propios de la izquierda abertzale. Lo hacen a sabiendas de que un proceso de paz no se debe -poder igual se puede- hacer sin un partido que, como repiten una y otra vez, y es verdad, representa formalmente a diez millones de ciudadanos españoles, aunque buena parte de ellos igual no comparten su posición política actual. Sea como sea, y en esto están todos de acuerdo, sin el PP el proceso de pacificación nace cojo, con una fuerza política muy potente que se dedica a obstaculizarlo, deslegitimarlo y cuestionarlo para el futuro, cuando en el mismo van a tener que hacerse cosas difíciles y dolorosas que precisan del mayor consenso posible. No es fácil llegar a la paz con un francotirador de diez millones de votos, tercera fuerza política en Euskadi y primera en Navarra. No es fácil y no es bueno, porque el día después no debe hacerse 'a la irlandesa', con los pistoleros reconducidos (Gerry Adams) y sus opositores más intransigentes y fanatizados (Ian Paisley) dirigiendo la política, mientras que la gente sensata no tiene más allá que el diploma del Nobel de la Paz sobre la repisa de la chimenea (John Hume y David Trimble).
El éxito del proceso llevará sin duda a un nuevo escenario político. En ese escenario se va a hablar de política y del estatus jurídico y político vasco, de su relación con el resto de España. Los que desde la izquierda española y, ahora, vasca se rodean y regodean con el apoyo que reciben de todo tipo de formaciones nacionalistas en su dirección del proceso, se van a encontrar en la soledad más absoluta cuando de las palabras haya que pasar a los hechos. Entonces se hará patente la soledad del socialismo vasco en cualquier mesa, con los no nacionalistas conservadores fuera de la misma, ajenos a una realidad política a pesar de ellos. En ese momento habrá que sumar partidarios de una y otra opción sobre 'lo nacional', sobre la Euskadi de los ciudadanos y no de los patriotas, y sobre lo que queremos que sea la sociedad vasca. En ese momento y en ese debate concreto, la izquierda descubrirá que está sola, que todos los animosos compañeros de viaje iban al final con el equipo contrario.
Antes de que llegue ese momento, antes de que la indignación frente a lo que está haciendo el Partido Popular termine por ofuscar del todo el pensamiento de la izquierda vasca, ésta habrá de valorar fríamente de quién está más cerca y más lejos en cada asunto y situación. Si hablamos de la cosa social y cuando pasen muchos años y hayamos ya olvidado que no sólo eran enemigos porque mataban al contrario político sino también porque su práctica política era profundamente autoritaria, muchas veces fascista, igual llegamos a la conclusión de que los socialistas vascos pueden compartir responsabilidades políticas con gentes de la izquierda abertzale. Si hablamos de la organización territorial de España, deberemos quedar al albur de cuál sea el momento reivindicativo o reactivo del nacionalismo vasco y del nacionalismo españolista, respectivamente, para saber de quién se está menos lejos. Pero cuando se hable de soberanismos o de las razones que anteayer repitió Ibarretxe en Washington, de esas mentiras sobre nuestra historia que él y otros como él se creen, entonces la izquierda vasca se encontrará con que en su oposición tiene que ver en parte con la que hacen los conservadores no nacionalistas del País Vasco, el Partido Popular. Antes del día después y después de ese día, aquí se va a hablar de eso que llaman los nacionalistas 'estatus jurídico-político', y en ese momento será conveniente estar junto y hacer fuerza con quienes tienen un más cercano criterio al respecto de cómo relacionarnos los vascos entre nosotros mismos, y nosotros mismos con el resto de españoles.
Como de eso, y no de otra cosa, se va a hablar entonces, es más que conveniente centrarse en esta cuestión y no en otras exóticas por lo alejado de la posibilidad, y hacer lo posible para que el PP se vuelva de la montaña, que deje a Acebes y a Mayor Oreja predicando en su cumbre, que apague las sintonías de sus fanatizados ideólogos mediáticos y que se haga visible la parte de ciudadanía democrática que por supuesto acoge entre sus filas y entre sus votantes. Será necesario para que vaya bien el proceso de paz y para que la nueva situación política vasca no quede arrasada por un nacionalismo envalentonado cuando ya no tenga que avergonzarse de los procedimientos con que algunos defendieron su causa. Habrá que hacerse fuertes cuando la desmemoria que a cambio de la paz está dispuesta a dar nuestra sociedad deje a todos limpios y puros, a los violentos y a los violentados, a los terroristas y a los aterrorizados. Será necesario el PP y la ciudadanía conservadora vasca no nacionalista para devolver a nuestra sociedad una normalidad que permita a todos con el tiempo reubicarse adecuadamente una vez desaparecido el eje de división que creó la violencia terrorista, sus consecuencias y resultados, sus indistintos beneficios y perjuicios.
Luego no es sólo una conveniencia para este momento de universal dicha. Es también necesario para cuando haya que pesar la presencia social y argumentos en una sociedad tan escindida y poco integrada como la vasca. Pero eso lo tiene que entender también el PP y, todavía más, la ciudadanía democrática que le vota y se representa en él. Por el esfuerzo de los demás, de la izquierda vasca, en este caso, no debería quedar. Por mucho que hoy pidan las tripas.