Roger Federer y Rafael Nadal llevan todo el año manteniendo un pulso intenso y hermoso. Desde que disputaron la final de Dubai a principios del año no han parado de darse cita el uno al otro para la siguiente final del siguiente torneo en el que se toparan. Se volvieron a cruzar en Montecarlo y en Roma (siempre con triunfo de español) y, aunque ellos no lo quieran confesar, todo el mundo sabía que habían vuelto a poner hora y día para un nuevo encuentro en París. Lo tenían marcado y subrayado en sus agendas y ninguno ha faltado a la cita: Federer y Nadal disputarán mañana la final de Roland Garros.
Al margen de patriotismos o intereses televisivos o económicos, es la mejor final para el tenis. Los Federer-Nadal han entrado en otra dimensión. No hace mucho que se producen, pero ya empiezan a disfrutar de vitola de clásico, como lo fueron los Becker-Edberg, los Sampras-Agassi, los Borg-Lendl. Choques especiales, apasionados, entre los números uno y dos del mundo, entre genios... Partidos que nadie desea perderse. Roger Federer alcanza la final de Roland Garros por primera vez en su carrera. Ha disfrutado de un cuadro fácil, de rivales bondadosos, de las prebendas de los organizadores, que le han colocado siempre en los turnos más cómodos y, en el colmo de la buena suerte, de una semifinal regalada.
Frente a David Nalbandián el helvético se enfrentaba ayer a su primer compromiso complicado y no le iba nada bien. El argentino dominaba, imponía su revés y aprovechaba los muchos fallos del primer jugador del planeta. El de Córdoba se puso con un set arriba (6-3) y un 3-0 a favor en la segunda manga cuando empezó a sentir molestias por una vieja lesión en los abdominales.
Sacaba para colocar el 4-0, pero las molestias y unos golpes extraordinarios del helvético le hicieron perder el servicio. Federer sumaría los seis juegos siguientes (6-4) para empatar, y en el 2-1 del tercer set solicitaba el sudamericano la presencia del masajista y abandonaba un poco después (noveno tenista que no acaba un partido en lo que va de torneo). Abría así paso franco al suizo para aspirar al único título de Grand Slam que aún falta en su extenso palmarés, con el mínimo esfuerzo (una hora y 38 minutos).
Más duro
Todo ha sido, sin embargo, mucho más duro para que Rafa Nadal alcanzara su segunda final consecutiva en París. Malos horarios, rivales motivados por quebrar el récord, encuentros interminables, suspensiones por la lluvia, poco descanso... Y, para cerrar, un croata, Ljubicic, que si no llega a sufrir un breve pero intenso ataque de locura hubiera podido complicar la clasificación al español. El de Manacor empezó los dos primeros sets calcados: 4-1 de salida, dos 'breaks' en la mochila en cada manga. El juego había resultado algo tedioso. Apenas había ritmo, pero un cuarto de hora antes de que se cumplieran las dos horas de partido el marcador señalaba un cómodo 2-0 para Nadal.
Se esperaba un epílogo rápido para la tercera manga, cuando el balcánico decidió soltar el brazo. Relajarse y aplicarse a lo que mejor sabe hacer: sacar (10 'aces' y zarpazos de hasta 221 km./h), volear, acortar los intercambios y arriesgar en golpes ganadores. Conclusión: no volvió a dar opción a que le rompieran y llevó la manga al 'tie break'. En el desempate se instaló con una 'mini ruptura' (2/4) y caminaba seguro hacia el 2-1 en la cuenta de sets, cuando se apoderó del croata un exceso de confianza. Falló el primer servicio el noveno mini-juego y se jugó un 'ace' a 215 por hora en el segundo saque. Hizo, claro, doble falta y lanzó hacia la final al tenista mallorquín.