El presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, ha apuntado a los precios de la energía y al repunte de la inflación como razones para la paulatina subida de los tipos de interés, fijados tras el alza de esta semana en un 2,75%, y no ha descartado que a lo largo del año sigan incrementándose conforme evolucionen los precios.
El mayor riesgo de una política de tipos bajos es obvio: la inflación. La Eurozona está empezando a despegar; según Eurostat, sus indicadores de crecimiento -0,66%- durante el primer trimestre duplican los del anterior. Pero ello viene acompañado de un 2,5% de inflación, lo que induce a Trichet a pensar que una subida suave de tipos no va a comprometer la recuperación y sí puede frenar los precios. Sin embargo, en la Eurozona éstos son el promedio de doce economías muy diversas. Mientras España, Portugal, Grecia e Irlanda se aprovechan de los tipos bajos y dejan crecer sus precios -la inflación española se sitúa a más de un punto y medio por encima de la media-, otros Estados se quejan de que las fórmulas restrictivas del BCE están hechas a la medida de las economías menos responsables. Y España ha pasado de ser -en términos económicos- un pequeño país cuyo PIB representaba el 4 % de la CEE en 1960, a tener otro de alrededor del 15% del total de la Unión. Por tanto, el riesgo de que las tensiones inflacionarias se extiendan al resto de la UE es incuestionable.
La conexión entre los tipos del BCE y el euríbor hace que quienes tengan que hacer frente a créditos hipotecarios vean cómo aumenta su pago mensual. Pero también es cierto que esta leve tendencia alcista de los tipos de interés moderará el IPC español y por lo tanto ralentizará el deterioro del poder adquisitivo de las rentas. De cualquier forma, esperar que esta circunstancia resuelva por sí misma nuestro problema de inflación sería ingenuo y peligroso. Sin las reformas flexibilizadoras pendientes y sin una reducción sustancial del gasto público que afloje la presión sobre la demanda, la ayuda del BCE servirá de poco.