Las paredes del amplio salón de Juan Vidal-Abarca en su domicilio forman dos 'eles' encadenadas con estanterías repletas de los libros que alimentan su pasión. Una buena cantidad de esos huecos se encuentra ocupada por archivadores con los datos que él mismo ha ido obteniendo en sus prospecciones por los archivos de Simancas, el Nacional o Segovia. El ingeniero vitoriano domina cuanto se pueda conocer de genealogía o heráldica y en la conversación demuestra una vastísima cultura histórica.
«Me encantan la genealogía y la historia porque la heráldica es algo auxiliar en la que ha habido una arbitrariedad espantosa, total». Y claro, eso choca frontalmente con su sentido «riguroso y exacto» de acceder a las fuentes, una virtud ligada a su formación científica.
Juan lleva cuarenta años buceando en el pasado, primero por curiosidades familiares, después para comprender el devenir alavés y luego, metido en faena hasta la cintura, para abarcar familias vascas, riojanas y cántabras. «Sí, es tremendamente adictivo. Cuanto más sabes, más gratificante te resulta investigar». Incluso las excursiones turísticas han girado, frecuentemente, en torno a su afición desmedida.
Vidal-Abarca ha investigado, especialmente, las grandes familias alavesas de finales del siglo XVI, «las que partían el bacalao». Entre ellas la de los Álava, «de gran influencia por haber contado con diputados generales. Diego Martínez de Álava fue uno de los primeros». Eran gentes de posición económica, muy ligadas «al comercio de la lana con Flandes y las Indias».
Los Ayala y los Guevara completan el trío de sagas relevantes en la época. «Tradicionalmente -explica Juan- Álava ha tenido familias de cierto nivel. La Real Sociedad Bascongada que se fundó en el siglo XVIII y tuvo una difusión extraordinaria en América estaba formada por ocho alaveses, ocho guipuzcoanos y ocho vizcaínos».
Por los torneos
Cualquiera que paseé por las calles de ciertas localidades alavesas verá escudos solariegos en las fachadas de edificios nobles. La tradición procede de los torneos medievales en Europa, donde a los caballeros de rostro cubierto se les reconocía por las armas del escudo. Y aunque la heráldica familiar se remonta a la Edad Media, no es hasta el siglo XIX cuando empiezan a proliferar los escudos en los pueblos.
Vidal-Abarca tiene claro que «Vitoria, Salvatierra y Laguardia son las tres grandes villas de Álava». Pero puesto a pensar se dio cuenta de que tenía una laguna en torno a la zona noroccidental del territorio histórico. «Y vi que Ayala, y en concreto Artziniega, es la gran desconocida de la provincia. Es una zona con pueblos extraordinarios y gente importante que ha salido de allí».
El ingeniero vitoriano pertenece a la Real Academia de la Historia y a la Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, «donde estamos unos cuantos chiflados». La picadura le viene de familia, incluido su bisabuelo militar que se casó con una cubana. «Yo recuerdo que a mis abuelos les llamaba 'papasito' y 'mamasita'».
Poco después de terminar su carrera en Madrid, Juan ingresó como funcionario foral en la Diputación, donde permaneció nada menos que veintinueve años. Hasta que hace ocho se lió la manta a la cabeza para establecerse por su cuenta. «Trabajo más, tengo menos tiempo para dedicarme a mis cosas -heráldica y genealogía- y me divierto más».
Actualmente forma parte de un grupo multidisciplinar que realiza su labor en los nuevos sectores de viviendas de Salburua. Admite que el crecimiento de Vitoria le parece «chocante», pero este escudo humano también rompe una lanza por su ciudad. «Una cosa hay que decir. Aquí primero se urbaniza y luego se construye. No como en tantos otros sitios».