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Martes, 13 de junio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Convivir a la catalana
Estamos alcanzando, presidente, el punto más bajo de la convivencia que uno recuerde desde 1977. El domingo por la noche tendremos ocasión de contrastar los resultados del referéndum con los que obtuvo el Estatuto de Sau en 1979, ver si este artefacto cuya gestación ha impulsado usted con tanto ahínco mejora el nivel de acuerdo social de que gozaba el anterior o no.

Mientras, cabe preguntarse si merecía la pena este modelo. Le supongo informado de que en Cataluña se ha generalizado el clima de intolerancia que antaño era privativo del País Vasco. Por hablar sólo de lo que llevamos de campaña, recuerde la agresión a Arcadi Espada por un grupo de fanáticos nacionalistas ante la pasividad de la Policía autonómica. A ello le han seguido los abucheos y los insultos que impidieron el acto electoral de Rajoy en un mercado de Hospitalet. Ayer, repetición en Granollers. Podría parecer que lo peor, lo más despreciable de todo, era el silencio de los políticos y los medios catalanes, que llevaban a Espada al estado de perplejidad: entre las decenas de radios y televisiones que recabaron su opinión al día siguiente no había ninguna catalana. Mientras recibía llamadas y testimonios solidarios de los portavoces en el Congreso, ni una sola llamada o condena del Parlament, del president de la Generalitat o de su consellera de Interior o de cualquier portavoz de los partidos que apoyan al Govern.

Lo peor estaba por llegar. Al fin y al cabo, Arcadi Espada no era del PP, ni había sido condenado al ostracismo en ese anexo infame del Pacto del Tinell. Tenía que llegar Joan Saura a decir «Me gusta mucho que la gente diga a Rajoy que su partido va contra Cataluña». Y Montilla, la puntilla, se solidarizó con el boicot y los insultos, que son, en su opinión, el «clamor espontáneo» de los ciudadanos que «quisieron decir no a la forma de hacer política» de los populares. Llama poderosamente la atención que el único inconveniente que se ha opuesto a Montilla para ser candidato es haber nacido en Córdoba. Creíamos haber tocado fondo con el peor de los gobernantes que ha tenido la España democrática y nos preparan ustedes como alternativa a alguien que amén de haber demostrado su incapacidad para la gestión en el Ministerio de Industria, se nos está revelando como un sectario de un nivel extraordinario. Entre el caos conceptual de Maragall y el rencor de este charnego fascinado, casi es mejor que los suyos prefieran al primero.

¿Es posible que entre todos los ciudadanos catalanes no haya levantado nadie la voz a favor de la libertad de expresión? Tampoco hay que exagerar. Rajoy ha recibido el testimonio de solidaridad de Arcadi Espada y de Josep Piqué. Hubo un tiempo en nuestra historia reciente, unos 25 años, en que la convivencia en libertad entre los españoles no parecía un imposible. Lástima.



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