La renuncia de Pasqual Maragall a postularse como candidato a la presidencia de la Generalitat no supone un mero recambio, ni constituye únicamente el efecto inmediato de la insatisfactoria participación en el referéndum del Estatut. Es mucho más: la frustración de un proyecto de cambio político en Cataluña que los socialistas catalanes habían preparado para las autonómicas de 1999 en un primer intento y para las de 2003 después. La firme decisión de Rodríguez Zapatero, que desde hace un año se mostraba decidido a forzar la retirada de Maragall, ha acabado sintonizando con la disposición de Montilla a asumir el desafío de sustituirle y, tras el referéndum, con el ánimo decaído del propio president. Así finaliza un ensayo que comenzó con la creación de la plataforma Ciutadans pel Canvi, que continuó con el pacto con ERC y acabó enredándose entre una gestión gubernamental plagada de estrépitos y la descontrolada tramitación del Estatut.
Durante tres años los socialistas y sus socios del tripartito han gobernado sobre más del 95% del presupuesto público catalán, acaparando tanto el poder autonómico como el local. Pero el pasado domingo fueron los convergentes quienes demostraron una mayor capacidad de movilización de sus bases electorales, mientras buena parte del voto socialista optaba por la abstención. La eventual victoria de CiU en las próximas autonómicas supondría el retorno a la gobernación de Cataluña entre convergentes y socialistas, con la Generalitat para los primeros y los ayuntamientos para los segundos. Porque, en esta hipótesis de una victoria convergente, sólo la entrada de CiU en el Gobierno de Madrid garantizaría la coalición entre Mas y Montilla para el Ejecutivo catalán.
Junto a la obstinación de Rodríguez Zapatero por quitárselo de en medio, la retirada de Maragall representa un movimiento a la defensiva por parte del PSC. Sus dirigentes entienden que la continuidad del actual president podría depararles más riesgos que los que plantea su sustitución. Un fracaso electoral con Maragall podría lastrar sus expectativas de cara a las municipales del año que viene, donde realmente se juegan el poder tradicional del socialismo catalán, con la Alcaldía de Barcelona en el centro de la disputa con CiU. Por el contrario, que Artur Mas venciera a Montilla permitiría atemperar las ambiciones de la joven guardia convergente de cara a los comicios locales. En el plano de lo inconfesable, se procede a una renuncia para suscitar también alguna renuncia por parte de los principales adversarios. Los instintos políticos del socialismo catalán aspiran, consciente o inconscientemente, al retorno a un sistema bipartito de reparto del poder político en Cataluña.