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Jueves, 22 de junio de 2006
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A PROPÓSITO
Erupción
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Tres siglos después de que se descubriera el poblado romano de Herculano, petrificado y hundido por la lava del Vesubio a treinta metros de profundidad, los arqueólogos han sido capaces de ilustrar al minuto las etapas de esa erupción que provocó millares de muertos. El relato excepcionalmente preciso de ese desastre natural alejado en el tiempo se debe al reciente descubrimiento de 300 cuerpos sepultados al abrigo del puerto. Los responsables de la excavación describen los postreros momentos de aquellos ciudadanos inconscientes de la magnitud de la catástrofe, carbonizados en la apacible posición del sueño. Un 29 de agosto del año 79 de nuestra era, en la próspera ciudad romana los panaderos amasaban el pan, el médico acudía a la cabecera de un enfermo, los pintores esbozaban los frescos de una casa.

A las trece horas llegó la explosión. La corona del monte sube propulsada al cielo a dos veces la fuerza de la velocidad del sonido. Un penacho humeante se eleva a 35 kilómetros y provoca una lluvia infernal de piedras sobre la población y la vecina Pompeya. Centenares de personas fallecen de asfixia, otras refugiadas a orillas del mar se convierten en fósiles vivientes debido a una gigantesca nube ardiente. En el presente se describen aquellos hechos dramáticos como si de una investigación policial se tratara y a la vez permiten reconstruir el aspecto humano de la catástrofe: los esqueletos enlazados tal como la imprevista muerte les encontró en el abrazo nos parecen singularmente familiares.

Aquí y ahora revivimos nueve años más tarde, una muerte, un vil y terrible asesinato en otro triste estío que conmocionó a nuestra sociedad y originó un volcán de humanos sentimientos, una vivificante lava de solidaridad y llamamiento a la piedad, pero que cayó en el terreno yerto del alma petrificada de los asesinos. Se han escuchado en el juicio sobre el caso de Miguel Ángel Blanco los detalles de sus últimos torturados instantes. Maniatado, de rodillas, de espaldas a la mano cercana que empuña el arma, el primer tiro, su consciencia del final antes del segundo disparo. La furia de la Naturaleza nunca habría sido tan despiadada, tan cruel como esta erupción criminal del odio.



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