«Cosas de Pasqual». Así suelen despachar los compañeros de partido del president Maragall sus casi siempre discutidas decisiones, sus indiscreciones o sus declaraciones muchas veces polémicas, tanto que se definen llanamente como 'maragalladas', vocablo de nuevo cuño pero profusamente empleado en los círculos políticos catalanes. Sin embargo, la discusión sobre su continuidad como candidato del PSC a la Generalitat no se ha zanjado con la habitual condescencia sino con la oposición casi generalizada de la dirección de su propio partido y del PSOE y finalmente con el adiós del ex alcalde de Barcelona. El cúmulo de desencuentros con el Gobierno central, con su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, con los socialistas catalanes y con sus socios de Esquerra en el desintegrado tripartito ha acabado por erosionar irremediablemente su perfil político y le ha forzado a decidir su retirada para evitar males mayores.
Pasqual Maragall -licenciado en Derecho y Económicas, funcionario antes que alcalde y profesor universitario en Roma después, heterodoxo y siempre rompedor-, ha anunciado su marcha tres días después de que la ciudadanía catalana ratificase en las urnas su proyecto estrella y uno de sus sueños políticos más largamente acariciados, quizá por detrás del de alcanzar el máximo puesto de responsabilidad en la Generalitat. El Estatut ha sido refrendado por abrumadora mayoría -aunque con el concurso de menos de la mitad del censo- pero el president no ha sobrevivido, políticamente hablando, al ciclón estatutario. Ha preferido dejar paso al ministro y primer secretario del PSC José Montilla en vez de embarcarse en la carrera electoral con casi todo el 'aparato' en contra y escenificar ahora una digna salida, con la reforma de la ley máxima catalana bajo el brazo. El artífice de la Barcelona olímpica y el president del Estatut.
Pero, aunque él mismo ha reconocido que se trata de una decisión madurada desde hace tiempo, no siempre fue así. A los 65 años, Pasqual Maragall no parecía tener ninguna gana de pasarse a la apacible vida del jubilado -«ánimo no me falta, estoy igual de fuerte que siempre», decía en una entrevista en este periódico hace apenas dos semanas- e incluso llegó a sugerirse desde su entorno la posibilidad de lanzarse a unas primarias, descartadas de plano en el partido. Probablemente las habría ganado por su tirón entre la militancia, que no ha dejado de jalearle durante los actos de campaña del referéndum del 18-J.
En noviembre del año pasado Maragall decía que repetiría como cabeza de lista y que podría alumbrarse un nuevo Estatuto satisfactorio para todos. No acertó en los vaticinios. Su socio en el tripartito y sin embargo amigo Josep Lluís Carod-Rovira se pasó al 'no' y le obligó a expulsar del Govern a los seis consejeros republicanos, una de las decisiones más difíciles y amargas de su mandato.
Pero los quebraderos de cabeza habían comenzado antes, tal vez desde el mismo inicio de una legislatura convulsa de principio a fin, marcada por los bruscos vaivenes del equipo gobernante. El polémico episodio de la entrevista de Carod con ETA en Perpignan fue el primer ejemplo de las complejas relaciones entre el PSOE y Maragall: el todavía candidato Zapatero pidió la cabeza del entonces 'conseller en cap' y dejó 'vendido' y sin margen de maniobra al president. Su acusación a CiU de cobrar comisiones del 3% de las constructoras tras el hundimiento de las obras del metro en el barrio barcelonés del Carmel comenzó a levantar las primeras críticas en privado de la dirección del PSC.
Malestar y hartazgo
Pero el momento en el que el distanciamiento se hizo evidente fue con la frustrada remodelación del Gobierno que se propuso llevar a cabo en octubre. Ni el PSC ni los socios del tripartito se molestaron en disimular su malestar y desconcierto por los planes de Maragall, de los que no había informado al partido. Al hartazgo de los sectores del PSOE menos proclives a transigir con el nacionalismo -el presidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Alfonso Guerra y compañía-, que después fue haciéndose extensivo a la ejecutiva federal en pleno, se sumó entonces el enfado de Montilla, que no dudó en tachar en público la crisis de Gobierno de «innecesaria e inoportuna». Tampoco le gustaba al ministro la defensa excesivamente ardorosa que, en su opinión, hacía Maragall de la importancia del término 'nación'.
El divorcio se hizo evidente en la cumbre hispanofrancesa celebrada por aquellas fechas en Barcelona: el titular de Industria y el president ni se miraron, una fotografía muy distinta del abrazo con el que saludaron el 74% de 'síes' al Estatut. Pero es que Maragall, con la decisión de retirarse de la liza electoral probablemente ya tomada, hacía un tiempo que había dejado de nadar contracorriente.
De hecho, en su día arremetió sin miramientos contra el pacto entre Zapatero y el líder de CiU, Artur Mas, para alumbrar el Estatuto que él había esperado capitanear. Puso en duda los frutos de un acuerdo que calificó de «forzado, dudoso y precipitado» y en el que, denunció, se había acordado también su retirada de las listas. Hace dos semanas, no obstante, recalcó que el presidente del Gobierno siempre fue «sincero» con él y que la entente fue una solución «necesaria y satisfactoria». El bálsamo de la despedida.