En el Gran Hotel Puente Colgante de Portugalete, Unai Basurko se dio un homenaje tras meses de ascetismo náutico: la primera ducha en 25 días y, luego, paella, merluza, chuleta con buen vino y una sobremesa de horas. Caras afables y conversación para quien en semanas sólo ha tenido como compañía la estrecha silueta de escotas y mamparos.
-Ha tenido problemas. Se le ha roto un timón, ha rifado la mayor, ha roto la driza del génova...
-Son cosas que hay que poner a punto. Pero el barco ha respondido muy bien. Lo de la driza fue terrible. La rompí en mitad del dispositivo de separación de tráfico de Finisterre, en plena ruta de mercantes, a las 12 de la noche. Al poco ví que un carguero se me venía encima, a 10 nudos. Estaba sin gobierno. Ví de frente la luz roja y la verde. Menos mal que había dejado preparada la lámpara de seguridad. Le lancé una ráfaga de destellos y se desvió.
-¿Es tan duro navegar en solitario como imaginaba?
-No sabes de verdad lo que es esto hasta que pasas 25 días solo. Por mucho que hayas leído. Físicamente estoy roto, agarrotado, con las manos como tenazas. El coco es fundamental. Hay que ser muy ordenado y seguir escrupulosamente las rutinas. Beber, dormir, descansar, hacer chapuzas... Me estoy volviendo un maniático del orden, necesito que las cosas estén siempre en su sitio. Pero es cuestión de supervivencia.
-¿Donde lo ha pasado peor?
-Físicamente, en el Pacífico Sur. Pero también viví allí los mejores momentos de esta travesía. Es inolvidable observar los albatros en tu estela con aquellos cielos...