La tecnología ha soplado sobre la levadura del ciclismo. Le ha quitado incertidumbre. Ahora es un deporte transparente, previsible, ordenado, pautado. Un ejemplo: ¿Por qué no llegan casi nunca las escapadas del Tour? Porque lo impone la ciencia. La dictadura de la tecnología.
En 1947, Albert Bourlon entró solo en Luchon con 16 minutos y medio de ventaja sobre el grupo. Tras 253 kilómetros en fuga. Es uno de los récords de la historia del Tour. Entonces no había auriculares ni emisoras. En 1991, los GPS e internet aún nada tenían que ver con las bicicletas: ese año, Thyerry Marie alcanzó la meta de Le Havre después de cubrir sin compañía 234 kilómetros. Un año después, los ciclistas del equipo estadounidense Motorola -patrocinado por una empresa de telefonía- aparecieron con un cable que les pendía de las orejas. Ya estaban conectados. El ciclismo comenzó a radiarse en el interior del pelotón. Fue el primer dique contra la aventura. Ahora hay muchos más.
Un estudio del fisiólogo Davis Martin, del Instituto Australiano del Deporte, desvela el corazón del termostato que regula el ciclismo actual. Con datos recolectados en carreras y con las potencias medidas en las piernas de los mejores corredores de su continente, Davis pronostica el final de las escapadas. Si los que se atreven con ellas leyeran este informe, desistirían. Por encima de las tres horas, no hay organismo humano que soporte ese ritmo.
Carreras progresivas
Sin consentimiento del pelotón, no hay nada que hacer. Un grupo es capaz de rodar a 60 kilómetros por hora durante más de 15 kilómetros. Un náufrago, apenas un par de minutos. Devorado sin remisión. Detrás conocen su fuerzas, sus límites. La ciencia los ha confesado sobre la pantalla de un ordenador.
Las carreras son progresivas. Comienzan con gastos energéticos de 200 vatios. Al final, la potencia se eleva a 550 ó 600. Armstrong, por ejemplo, desarrolló 600 vatios en el primer kilómetro de Alpe d'Huez cuando laminó a Ullrich. E Induráin fijó durante su récord de la hora, en 1994, una media de 510 vatios. Ni ellos podrían contra un ejército organizado. A un tipo solo, la resistencia del aire le obliga a gastar un 30 por ciento más de fuerza. Mucho. Pedalea sin salida. Condenado. Sin más consuelo que ocupar minutos de televisión con su agonía.
Y entonces, ¿por qué antes sí llegaban la fugas? Por fallos de cálculo de los directores, o por concesión, o porque era un ciclismo más anárquico.
Ahora eso es casi imposible. Los vehículos de los equipos calcan las cabina de los aviones. Emisoras, escáners para raptar las conversaciones ajenas, teléfonos móviles, boletines meteorológicos para prever los caprichos del cielo, 'transponders' para conocer la posición exacta de cada corredor, pantallas de televisión, GPS....
El alemán Voigt y algunos corredores del Phonak portan bajo sus sillines unos emisores de señal. Así su director sabe en todo momento en qué posición del grupo se ubican, a qué nivel de pulsaciones ruedan. O de potencia.
Sistema en directo
La tecnología se sube además a las bicicletas, coronadas con pulsómetros y potenciómetros. Cada corredor conoce dónde están sus umbrales, sus límites. Nadie explota. Además, la Unión Ciclista Internacional ha diseñado un sistema para que, gracias a un GPS, los usuarios de internet puedan palpar en directo las pulsaciones y potencias de los ciclistas. El Gran Hermano que todo lo ve.
Incluso la televisión, con los datos que aporta un navegador, se atreve a hacer un pronóstico sobre el momento exacto en que sucumbirán los escapados. Es un ciclismo casi virtual. Una jaula de dorsales sobre decenas de pantallas. Los fugados lo son por partida doble. Fugitivos del pelotón y la tecnología. Demasiados rivales. Por eso las etapas se calcan unas a otras. Un ovillo de cables ha eliminado el azar. Todo calculado. «Yo les quitaba los auriculares y apagaba las pantallas», rezongaba en el 'village del Tour' el viejo de pelo cano, 'Poupou' Poulidor. Un romántico.