El Correo Digital
Sábado, 8 de julio de 2006
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OPINIÓN
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Repulsa
Empieza a ser costumbre cada vez que sobreviene una catástrofe. La práctica se cumple idéntica ante un accidente brutal, un crimen machista, una inundación devastadora o un incendio forestal que se lleva a varias personas por delante. Entonces las autoridades de cualquier nivel, desde ayuntamientos hasta gobiernos, se reúnen en pleno extraordinario y convocan actos de duelo y manifestaciones de repulsa. Una palabra, 'repulsa', que se diría reservada para estas ocasiones. Aunque es sinónimo de protesta y de condena, sus usuarios tienden a darle un contenido más blando, como de rechazo estético con unos ligeros toques morales. Por eso en los comunicados oficiales tiende a aparecer en compañía del adjetivo 'enérgica' para no quedarse corta. Eso es, enérgica repulsa. Pero no es sólo cuestión de léxico. Las concentraciones de luto, dolor o repulsa promovidas por el Poder son demasiado ambiguas para pasarlas por alto. Miradas por el lado bueno, revelan una actitud compasiva de quienes mandan hacia quienes sufren, esa especie de solidaridad testimonial tan reconfortante a veces para las víctimas del desastre de turno. Estamos con vosotros, no os damos la espalda, os acompañamos en la pesadumbre, dicen las caras compungidas de quienes a las doce del mediodía abandonan sus despachos y bajan a la calle para guardar unos minutos de silencio. Sin embargo muchos de esos condolientes manejan los hilos del tinglado que ha funcionado mal. De ellos dependen los servicios de transporte que llevaban años averiados sin que nadie atendiese a las denuncias ciudadanas. Dirigen fuerzas de seguridad que quizá no han hecho todo lo que debían para vigilar al asesino de mujeres. Firmaron las adjudicaciones de obras del túnel que se vino abajo. La repulsa sirve a veces de tapadera de la responsabilidad mal asumida. En Valencia han muerto cuarenta y dos personas por el descarrilamiento de un convoy de metro. Todos los altos cargos regionales y municipales relacionados con el sector se han deshecho en pésames y expresiones de sentimiento. Se agradece. Pero en las películas de acción el policía recto no se entretiene en dar ánimos al atracado, sino que sale disparado en persecución del atracador. O entrega la placa a sus superiores. Quiero decir que todo ese tiempo invertido por las autoridades en halagar a las víctimas tal vez podía ser invertido mejor en mantenerse al pie del cañón en sus despachos dirigiendo investigaciones, dictando informes o tomando medidas de reparación. Va en su sueldo. Los nuevos usos de la política emocional han descubierto el mejor ardid en caso de catástrofe para salir de rositas en vez de rendir cuentas de lo sucedido: camuflarse en el séquito fúnebre como uno más de los damnificados.



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